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23
SEP
2015

¿Qué se puso en discusión, qué se discutió y qué se discute ante lo que Freud enunció con la noción de inconsciente y la de pulsión?

Rodolfo Moguillansky

Cualquier modelo de comunicación es al mismo tiempo un modelo de traslado, de transferencia vertical u horizontal de significado. No existen dos épocas históricas, dos clases, dos localidades que empleen las palabras y la sintaxis para expresar exactamente lo mismo, para enviar señales idénticas de juicio o hipótesis. Tampoco dos seres humanos… Sin embargo la tradición oculta sostiene que una lengua original, única o Ur-sprage corre disimulada bajo nuestras discordias actuales y que tal vez se encuentra en estado latente bajo el áspero tumulto de lenguas rivales que siguió al derrumbe  del zigurat de Nemrod… A su etimología directa, divina, la Ur-sprage añadía una congruencia con la realidad de la que carecería cualquier otra lengua después de Babel…

George Steiner[1]

 

Introducción.

En este texto quiero contribuir al armado de una agenda acerca de lo que implicó que Freud expusiera sus teorías sobre Lo inconsciente y la pulsión, indagar qué condiciones históricas hicieron posible que las enunciara, qué puso en discusión frente a la mentalidad de la época, que se discutió y que se discute hoy en día ante esas proposiciones.

Creo que es importante esta agenda que no pretendo enunciarla en su totalidad sino simplemente poner sobre la mesa algunas cuestiones sobre las que discutimos respecto de lo inconsciente y la pulsión.

Pido cierta benevolencia al lector ya que las citas que uso no reflejan la complejidad de las polémicas y sólo son útiles para ejemplificar algunos de los argumentos en juego en las discusiones.

Tampoco pretendo agotar las discusiones que tenemos ni se me escapa que las que  propongo no tienen una estructura sistemática, es sólo una serie de enunciados  sin un orden preciso.

¿Qué se puso en discusión cuando Freud enunció la noción de inconsciente y la de pulsión?

Cada trabajo, además de comunicar ideas de modo implícito o explícito, está dirigido a  alguna cuestión que tiene resonancia o entra en consonancia con el medio en que se produce. Este, en particular, tiene como referencia la discusión propuesta por la Secretaría Científica y el Simposio de APdeBA en torno a la noción de Inconsciente y Pulsión.

Nuestra comunidad psicoanalítica tiene como característica contener en su seno múltiples corrientes teóricas con un intercambio bastante fluido entre ellas. Sin embargo, en ocasiones, algunas de las formulaciones que circulan, además de su significado teórico, toman el carácter de shibolet, se vuelven emblemáticas y definen pertenencias. Sabemos que cuando ocurre esto las teorías dejan de ser “construcciones”[2], pasan a forman parte de lo que, siguiéndolo a Bleger[3], merece ser llamado lo “institucionalizado de la mente”, ideas que no necesitan ser discutidas, que constituyen una “jerga”  -en el sentido que le da Adorno[4] a este término- y entonces operan  como convicciones, tienen la congruencia con la realidad de la Ur-sprage a la que aludía George Steiner en el epígrafe, no siendo aptas para la discusión.

“Lo institucionalizado” de la mente  no sólo convierte  el intercambio entre colegas en un dialogo de sordos, sino que también -“lo institucionalizado” de nuestra mente- condiciona nuestras ocurrencias y contribuye al modo en que comprendemos –o mejor dicho no comprendemos- y más tarde formulamos nuestras interpretaciones.

Cada corriente teórica construye su propio idiolecto y acuña términos que le pertenecen. Hablamos distintas lenguas, cada “parroquia” tiene su diccionario sólo entendible, casi siempre, para los iniciados en esa comunidad. Sería ingenuo pensar que por debajo de la Babel del psicoanálisis subyace una Ur-sprage. ¿Podemos entendernos? Es una experiencia corriente cuando estamos ante una persona que fue educada en otro idioma que para referirse a algo importante para ella recurra a una expresión idiomática que pertenece a su lengua de origen y que al intentar explicarlo en castellano se sienta insatisfecha diciendo “es algo parecido…, pero no es exactamente eso, en ´…´ (mi idioma) tiene otra resonancia”. En la misma dirección George Steiner, en “Después de Babel” nos dice –desde fuera del psicoanálisis- que “cada persona viva dispone, deliberadamente o por la fuerza de la costumbre de dos fuentes lingüísticas: la vulgata corriente que corresponde a su nivel de cultura personal y un diccionario privado. Este último se relaciona de manera inextricable con su subconsciente (sic) y con sus recuerdos, en la medida en que son susceptibles de verbalización y con el conjunto singular e irreductible que compone su personalidad psicológica y somática. La respuesta al conocido acertijo lógico de si puede haber o no un “lenguaje privado” reside, hasta cierto punto, en el hecho de que todo acto lingüístico posee aspectos únicos e individuales, que establecen lo que los lingüistas llaman un idiolecto. Todo gesto comunicante posee un residuo privado” (Ibíd)., Pág. 67) Pero aunque Steiner reconoce la imposibilidad de una traducción que no deje algo sin significar, también afirma que “dentro o entre las lenguas, la comunicación humana es una traducción”, entender es traducir. Ya hace tiempo Jacques Derrida[5], aumentó la apuesta cuando nos advirtió sobre la producción de sentido que puede darnos la intertextualidad. 

Quiero entonces en este texto mostrar, desde mi perspectiva, cómo se “construyeron” las nociones de inconsciente y de pulsión, qué pusieron en discusión y algunas discusiones que se suscitaron después con nuevas producciones de sentido dadas por la intertextualidad.

La primacía de la razón consciente y el punto de vista antropocéntrico en el paradigma de la modernidad.

Para mostrar cómo Freud, con la noción de inconsciente y la de pulsión, puso en discusión la primacía de la razón consciente y el antropocentrismo que sustentaba el paradigma de la modernidad haré una breve reseña acerca de cómo se estructuró ese paradigma para luego considerar las polémicas que despertó lo enunciado por Freud en el seno de ese paradigma.

Sabemos que, desde el punto de vista socio-cultural, cada sociedad selecciona representaciones que son coherentes con los modelos de comportamiento que forja o imita y con los objetos e ideales por los que se moviliza. Estas representaciones testimonian sus modos de vivir y de pensar, su concepción del mundo, sus creencias, sus valores, su juridicidad, su ética.  El establishment social en cada momento histórico se expresa por un sistema de representaciones que genera un conjunto de manifestaciones por cuyo intermedio una sociedad mantiene las cosmovisiones prevalentes en ese momento histórico.

En ese sentido los códigos fundamentales de una cultura –los que rigen su lenguaje, sus sistemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas– fijan de antemano un saber  para cada hombre, establecen los órdenes empíricos dentro de los que se reconocerá. A la par, se desarrollan las teorías científicas y las especulaciones de los filósofos que intentan explicar por qué existe un orden en general, qué leyes lo rigen, qué  racionalidad lo hace preferible.

Foucault (1966)[6] explorando sobre qué espacio de orden se constituye ese  saber propone que ésto ha tenido distintas respuestas a lo largo de la historia; sostiene que en esta episteme ha habido dos grandes discontinuidades:

  1. la que inaugura la época clásica, con el renacimiento y
  2. la que a principios del siglo XIX, señala el umbral de nuestra modernidad.

La mentalidad que se inaugura con el renacimiento

Hay un consenso que señala que, tomando raíces en el humanismo italiano del Trecento con Bocaccio, Alighieri y Petrarca,  a comienzos del siglo XV tiene lugar en Florencia una transformación radical en la subjetividad, un cambio de mentalidad que modifica  la relación que tienen los hombres con la naturaleza, la sociedad y la historia. Los protagonistas de este movimiento fueron el arquitecto Filippo Brunelleschi, el escultor Donatello, el pintor Masaccio y junto  a ellos el escritor y arquitecto León Alberti, el historiador Francesco Guicciardini y el politicólogo Maquiavelo.

La mentalidad renacentista es hija dilecta de un cambio que había comenzado un par de siglos antes con el comienzo del ascenso de la burguesía en Europa, que se acompañó con la hegemonía de un modo de pensar  que historiadores como José Luis Romero[7] llaman la mentalidad burguesa.

La mentalidad burguesa relevó en el imaginario social a la mentalidad cristiano-feudal previa que reinaba en el medioevo. Este proceso, como todo proceso de este tipo, fue gradual pues la mentalidad burguesa sólo logro coherencia hasta llegar a su óptimo en el Renacimiento.

En este cambio de mentalidad –el cambio dado por el advenimiento de la mentalidad burguesa– juega un papel central cómo se concibe la realidad y la idea de causalidad asociada a ella.

Advirtamos, para valorar el cambio que introdujo  la mentalidad burguesa, que en la mentalidad cristiano-feudal se daba una interpenetración entre la realidad y la irrealidad, o dicho de otro modo, se pensaba desde una identificación de la realidad sensible con algo que desde la mentalidad que advino más tarde se llamó irrealidad[8].

En el contexto de la mentalidad cristiano-feudal  la experiencia humana con la naturaleza era mediada por un sistema interpretativo apoyado en un elemento carismático o mágico. La experiencia estaba sumida en un sistema de pensamiento en el que la causalidad era sobrenatural. Esta mentalidad se cimentaba en la peana dada por la vigorosa tradición romana que había introducido la impostación autoritaria de un esquema que enseñaba a pensar contra lo que dicen los sentidos, modalidad que más tarde retomó la larga y paciente labor pedagógica llevada a cabo por el cristianismo. Esto cambió en siglo XI y XII con la aparición en la escena social de la  burguesía. La emergencia de la burguesía implicó una serie de experiencias sociales inéditas ya que apoyadas en una economía monetaria y en el empirismo práctico del mercader, disociaron la relación entre realidad e irrealidad y a partir de ellas se elaboró un nuevo principio de explicación causal: una causalidad natural.  Esta mentalidad implicaba el triunfo de lo profano, conllevaba una secularización de la realidad, comenzó a regir una realidad operativa.

La comprensión de la realidad como profana y no sagrada se alcanzó mediante un esfuerzo intelectual consistente en suprimir la causalidad sobrenatural y manejarla como un campo en el que funcionaban sólo las causas naturales.

La sociedad en la que florece el renacimiento no tiene en su vértice al soberano sino al burgués que ha conquistado la Signoria con la fuerza, el ingenio e incluso el fraude; la sociedad del Quatrocento es una sociedad que cree en el valor de los fenómenos reales y presentes, es una sociedad activa en la que cada uno vale por lo que hace y no por misteriosas investiduras transmitidas. Esta sociedad, en la que la burguesía empieza a tomar poder, está interesada en conocer objetivamente la naturaleza y en ella la historia y, congruente  con esta actitud, da cuenta de los movimientos y de las consecuencias de la acción.

El orden que trae el renacimiento no está en las cosas sino que es dado por la razón humana que las piensa, con la salvedad que no hay diferencia entre esta razón humana y la construcción y la representación que también los humanos hacen del espacio y del tiempo.

Esta representación antropocéntrica en la que, cómo afirma Gombrich (1950)[9],  se conquista la realidad,  encuentra sus máximas realizaciones en el “Hombre de Vitruvio” de Leonardo y en la razón cartesiana (René Descartes, 1637)[10] que colocan al hombre como la medida de todas las cosas y a su razón como principio para dar cuenta del mundo.

La razón renacentista tenía los apoyos más destacables en una racionalidad que partía de las certezas que venían de la mano de producciones teóricas tales como la clasificación de Linneo, la teoría del valor de  Condillac o la Gramática  General de Port Royal; estas elaboraciones tenían como fundamento  la coherencia entre la teoría de la representación,  la del lenguaje, la de los órdenes naturales, la de la riqueza y la del valor; todas ellas formaban parte de un todo coherente.

Sin embargo en la Europa del siglo XVII, inmersa en grandes contradicciones dadas por las contiendas religiosas y las luchas entre los nuevos estados nacionales, se acrecentó  la sensación de fracaso del primado de la razón postulado por los ideales humanistas del iluminismo y la ilustración emergiendo entonces el barroco que privilegiaba el “capricho”, “el deseo”, “la pasión”.

La mentalidad que inaugura el umbral de nuestra modernidad a principios del siglo XIX.

El siglo XIX es muy complejo, en el que si bien toma fuerza el positivismo, que afirma que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico y que éste  sólo puede surgir a través del método científico[11], a la vez se pone en cuestión la figuración basada en la similitud con la que en el Renacimiento se había “conquistado la realidad”.

En el siglo XIX y en los comienzos del XX desaparece la teoría de la semejanza en la  representación como fundamento general de todos los órdenes, caduca el enlace hasta ese momento indispensable entre la representación y los seres; la historicidad penetra en el corazón de las cosas, las aísla y las define en su coherencia propia, les impone aquellas formas del orden implícitas en la continuidad del tiempo. Con el advenimiento de la modernidad se abre un hiato imposible de cubrir entre la representación y la cosa.

En este movimiento europeo lo que ocurre en  la Viena de fines de siglo XIX, y comienzos del XX ocupa un lugar privilegiado. En Viena, en ese momento se produjo uno de los procesos más atrayentes y sugestivos en la historia de la humanidad, un momento en el que nació el psicoanálisis (Shorske, Carl E.,1961)[12].

William Johnston  en The Austrian Mind, An intellectual and social history 1848-1938[13], hace surgir el origen de su reflexión sobre lo que ocurrió en Viena a finales del siglo XIX, a partir de la oleada de revoluciones liberales en Europa de mediados de ese siglo. Cree que esa situación que se dio en Viena, es en alguna medida consecuencia de ellas; un papel privilegiado es el del relevante papel político de la burguesía liberal después de 1860, una derivación de esas revoluciones.

Freud, si bien hijo prodigo de la modernidad, introduce un punto de vista barroco cuando incluye el papel del deseo en la determinación acerca de cómo pensamos y da una herida de muerte al antropocentrismo y la primacía de la racionalidad consciente de la modernidad. Freud introduce un punto de vista barroco en la mentalidad de la modernidad.

La concepción pre-analítica de Freud, los normales, los no neuróticos, no tienen  sexualidad infantil ni inconsciente.

La concepción pre-analítica de Freud, en sus Estudios sobre la histeria y sus textos sobre las neuropsicosis de defensa, teoriza la existencia de una sexualidad infantil patológica que surge como consecuencia de un abuso sexual, la escena de seducción, que origina un grupo psíquico separado, un inconsciente patológico.

En este modo de pensar tanto la sexualidad infantil como el inconsciente que origina son el resultado de un otro abusivo. En la concepción preanalítica los normales, los no neuróticos, no tienen sexualidad infantil ni inconsciente.

La emergencia de la concepción  de Lo Inconsciente: un movimiento que implica el abandono  de “la teoría de la escena de seducción” y el surgimiento de “el sujeto de la pulsión”.

 Freud, a partir del análisis del  sueño de Irma y luego de su auto análisis[14] de los sueños  de Roma, abandona  “la teoría de la escena de seducción” y emerge su comprensión de lo inconsciente, de un inconsciente que no sólo determina los fenómenos neuróticos sino  todo pensar humano.  Se inaugura así un pensar humano determinado por la represión de la sexualidad infantil, se da así comienzo a “el sujeto de la pulsión”.

La comprensión que Freud tuvo del sueño de la inyección a Irma, soñado en la noche del 23-24 de julio de 1895 no es la misma que relató cuando se publicó la Interpretación de los sueños en 1899. Cuando lo soñó todavía no había comenzado su autoanálisis ni había descubierto, al dejar de lado la teoría de la seducción, el complejo de Edipo, hecho ocurrido en 1897.

Freud en 1900 le dará al sueño de Irma un lugar de descubrimiento al comprender, a través de él, que el sueño es una realización de deseo.

En la carta que Freud le escribe a Fliess  el 12 de junio de 1900 le expresa el deseo de que en la casa donde tuvo el “sueño de la inyección de Irma” pueda leerse algún día en una placa “Aquí se le reveló el 24 de julio de 1895 al Dr. Sigmund Freud el secreto del sueño” y por ende del inconsciente.

El sueño de Irma que Freud (1900)[15] nos relata en el Traumdeutung dice: “El resultado del sueño, en efecto, es que no soy el culpable de que persistan los padecimientos de Irma, sino Otto; éste con su observación acerca de la incompleta curación de Irma, me ha irritado, y el sueño me venga de él devolviéndole ese reproche”.

Es muy interesante el comentario que hace René Kaës en su texto “La alianza sangrante entre Freud y Fliess” (Kaës, 1991)[16] acerca de la interpretación de Freud. Käes señala que, en tanto en esos  años Fliess era un referente transferencial y teórico para Freud,  y como Fliess se negaba a reconocer su error quirúrgico en la operación de los cornetes nasales de Emma Ekstein (Irma) Freud avala ese desconocimiento para conservar la amistad de Fliess. Freud, según Kaës, sacrifica su propio conocimiento y excusa a Fliess de toda responsabilidad en el caso y convierte a Emma en una histérica productora de síntomas pactando así la denegación de su vínculo homosexual con Fliess constituyendo lo que él llama la “alianza sangrante de Freud y Fliess”.

Para Kaës entonces el modo en que Freud concibe su interpretación del “sueño de Irma”, debido al vínculo homosexual con Fliess,  da origen a un modo de pensar centrado en la primacía del sujeto de la pulsión en detrimento del papel del otro en la estructuración de Lo inconsciente.

 

Freud descubre en los cuatro sueños de Roma sus  apetencias sexuales infantiles por sus padres, lo que le permite comprender la inhibición que tenía para entrar en esa ciudad.

A través de sus sueños, toma conciencia de los deseos asesinos que tenía respecto de su padre[17], así se lo comunica a Fliess en la carta del 15 de octubre de 1897[18] y luego lo conceptualiza en el apartado “sueños de muerte de seres queridos” de la Interpretación de los Sueños (1900). La agresión es entonces situada en el marco del complejo de Edipo, se odia al rival que se interpone para la realización de deseos incestuosos. Se odia a aquello que obstaculiza el cumplimiento del deseo. En esta primera versión, el odio se tramita en el seno de una matriz, -el complejo de Edipo-, en la que se conservan tanto los vínculos con los otros como la representación que de ellos tenemos.

Elabora entonces su inhibición  para poder entrar en Roma. Llega, luego de analizar estos sueños,  a la conclusión que su inhibición estaba motivada porque Roma representaba a su madre y en ella se jugaba una pelea con el padre. Esta interpretación, una precaria y primera descripción del Complejo de Edipo, lo lleva a pensar que no era cierto que la sexualidad infantil sólo existiría en los niños “inoculada” por un adulto a través de la escena de seducción. Da  entonces un paso audaz y hace una generalización: supone que cada cachorro humano tiene, a derecho propio, sexualidad infantil. Esto es que tiene apetencias sexuales sin que nadie se las “inocule”  y que esta sexualidad cursa con conflictos con los padres que cada niño tiene que procesar, conflictos con  estos objetos en tanto objetos amorosos o rivales sexuales. Así había Freud comprendido en sus sueños su propia sexualidad infantil y los conflictos que le planteaba con su familia. Más aún, a partir de aquí dirá que  estos conflictos, originados en esa sexualidad infantil, son los responsables de los síntomas e inhibiciones adultas. No es entonces la sexualidad conflictiva porque la sociedad la concibe como  sucia o non sancta sino que la sexualidad es intrínsecamente e inevitablemente conflictiva en tanto se procesa en el seno de conflictos familiares.  

Esta nueva noción de la sexualidad conlleva un cambio teórico que Freud expresa en la carta 69 cuando le escribe a Fliess: “ya no le creo más a mi neurótica”[19]. Este cambio supone -que sexualidad infantil mediante-, lo que importa, no es tanto lo que a un sujeto le ocurrió, sino las fantasías sexuales,

-derivadas de lo que va a concebir como lo producido por la pulsión-, que un niño se hace en su relación con los otros.  Allí Freud empieza a pensar la sexualidad  no ya como fenómeno patológico sino como un fenómeno inherente a todo ser humano y cuya represión va a fundamentar la noción de un “Inconsciente reprimido”. Freud en ese momento está dando fundamento a cómo va a concebir el inconsciente reprimido en el capítulo 7 de la “Interpretación de los sueños” y la de pulsión que tomará forma en “Tres Ensayos…”

Hay un salto colosal desde esta idea de 1897, una sexualidad infantil con características similares a la adulta pero que se vive en la infancia y que fundamenta la sexualidad adulta,  a la sexualidad que es concebida en  Tres Ensayos. 

¿Qué implicó introducir la noción de pulsión?

La introducción de la noción de pulsión está íntimamente ligada al nuevo modo en que Freud concibe la sexualidad a partir de “Tres ensayos…”(Freud, 1905)[20] 

Lo que define como sexualidad en Tres Ensayos no se refiere al mero intercambio sexual humano, aunque lo incluye, sino a un fenómeno más amplio: cualquier actividad humana, en especial cualquier actividad corporal, en particular la que transcurre por los orificios apuntala una tendencia que allí surge, una tendencia a repetir esta experiencia. A esa compulsión a repetir, a esa tendencia la llamara pulsión (trieb), una apetencia que no se origina en los órganos sexuales, sino que cualquier actividad humana la puede hacer nacer. Freud nos enseña entonces que los bebes humanos intentan repetir experiencias, una repetición no ya fundamentada en los beneficios otorgados por los intercambios  orgánicos, sino por el anhelo de recapturar  el placer que se tuvo en ese intercambio. Ese intento por repetir hace al carozo de la sexualidad que describe Freud en “Tres ensayos…”. En este sentido, aparece la sexualidad como una tendencia a repetir sin causa orgánica que la  sustente,  cuya fuente está apuntalada, o nace, en el lugar donde  esa práctica orgánica se realiza,  su fin es reobtener ese placer y hacer cesar el estímulo que lleva a buscar ese mismo placer. El objeto que tiene la sexualidad deja de ser un objeto de la necesidad.

Planteadas así la noción de sexualidad y la de pulsión tal como son concebidas en “Tres Ensayos…”, y más tarde en “Pulsión y destinos de la pulsión” (Freud 1915)[21] se desarticula la noción de sexualidad de:

  • la clásica popular noción de sexualidad adulta;
  • la de reproducción;
  • las necesidades corporales.
  • Lleva a pensar que el objeto de placer sexual puede no ser una persona del otro sexo, puede ser un zapato, el brillo de la nariz o cualquier otra cosa.
  • las diferencias sexuales. La diferenciación sexual es una eventual, posterior adquisición
  • Se rompe con la idea de que los hombres son atraídos por las mujeres y éstas por los hombres.

Aparece la idea de bisexualidad como una noción clave.

A partir de esta sexualidad que Freud ubica nacida y apuntalada en las zonas de intercambio, explica cómo se organiza la sexualidad pregenital y cómo tras una serie de complejos rodeos dados por la represión da forma al Inconsciente reprimido.

La discusión con Jung y Adler.

Estas discusiones son muy complejas, a los efectos de este texto sólo destacaré dos cuestiones.

El énfasis de Freud en su discusión con Jung acerca del papel de la sexualidad infantil y en el rechazo al origen cultural   del “Complejo de inferioridad” sugerido por Adler. En esta última discusión hay una polémica que podríamos calificar de ontológica, si el ser es un ser social o un ser de la sexualidad infantil.

Esta discusión, que podemos comprender causada por necesidades fundacionales de Freud reafirmando una ontología basada en la sexualidad infantil, que hoy en día sería saldada de otro modo, tuvo enormes consecuencias en tanto originó el alejamiento de los culturalistas del movimiento psicoanalítico (Karen Horney, Eric Fromm, Harry Sullivan, etc) 

¿Qué implicó  la noción de inconsciente en el 15?

Freud da forma a su conceptualización de un Inconsciente reprimido, que había concebido después de su autoanálisis, en la Interpretación de los sueños (Freud, 1900)[22], Psicopatología de la vida cotidiana (Freud, 1901) y El Chiste y su relación con el inconsciente (Freud, 1901)[23].

Freud (1915)[24] nos brinda una conceptualización más acabada de Lo Inconsciente, un Inconsciente reprimido en el 15.

 Freud en ese texto  nos explica  que la noción de Lo inconsciente  es necesaria y legítima ya que “los datos de la conciencia son en alto grado lagunosos; en sanos o enfermos aparecen a menudo actos psíquicos cuya explicación presupone otros actos de los que empero la conciencia no es testigo” (página 163). Frente a la insuficiencia de la conciencia para dar cuenta de los significados que en ella se presentan, Freud amplió las fuentes de significado incorporando la determinación inconsciente del modo de ser, sentir y pensar de los humanos.

Es un lugar común dentro del psicoanálisis,  que fue mérito de la introducción de la noción de Lo inconsciente, junto a la descripción de sus leyes peculiares de funcionamiento y su particular lógica[25], que fuesen interpretadas o descifradas – en tanto se incorporaba un nuevo modo de discernimiento de fenómenos que no eran visibles u observables por los órganos de los sentidos -, formaciones que hasta ese momento eran consideradas modos no entendibles, equivocadas o aberrantes de pensar, e incluso sin sentido, como los sueños, los actos fallidos, las equivocaciones, los lapsus, y más tarde la transferencia. Al ser interpretadas con la herramienta que proveía la teoría que sostenía la existencia de Lo inconsciente en el que regía otra lógica en su forma de construir pensamientos, si bien se pagaba el precio de ser el individuo un sujeto dividido, esas formaciones aberrantes o  no entendibles tomaban sentido, adquirían significado. Su significado estaba dado por los deseos inconscientes que se suponía que en estas formaciones se realizaban de modo sustitutivo o deformado. Pasaron entonces a llamarse esas formaciones equivocadas o aberrantes: formaciones de lo inconsciente; así adquirieron carta de ciudadanía modos de pensar y de obrar hasta ese momento desestimados, en tanto no se los entendía.

También es moneda corriente que Freud, junto a la suposición de Lo inconsciente, concebía lo psíquico como el resultado de una estratificación sucesiva. Postulaba dentro de esa estratificación que la enunciación consciente[26] de lo psíquico, lo verbal, era una retranscripción y a la vez un modo incompleto de expresión de lo  inconsciente[27] y esto no sólo por el carácter reprimido de los deseos. Había entonces, para él, una insuficiencia del lenguaje para dar testimonio de los significados inconscientes, era entonces el lenguaje una retranscripción insuficiente.

Esta versión de Lo inconsciente es solidaria con lo planteado por Freud en 1914, cuando escribe “Recuerdo, repetición y elaboración” “el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin saber, naturalmente, lo repite”,…, “la transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la transferencia del pretérito olvidado, el analizado repite en lugar de recordar, y lo hace bajo las condiciones de la resistencia”.  Freud, a partir de estas afirmaciones se pregunta: “qué es realmente lo que repite” y se responde “repite todo lo que se ha incorporado ya a su ser partiendo de las fuentes de lo reprimido: sus inhibiciones, sus tendencias inutilizables y sus rasgos de carácter patológico”.

La perspectiva que introduce Lo Inconsciente produce enormes cambios en el modo en  que concebimos el pensar y la realidad:

  • Uno de los núcleos duros de esta perspectiva implica que no aprehendemos “la realidad” desde la percepción. El mundo “lo vemos” desde nuestros pensamientos inconscientes. Si deseamos fuertemente algo lo vemos, si algo nos desagrada, no lo vemos 
  • En esta perspectiva, no existe en los humanos objetos predeterminados instintivamente (como en los animales) respecto a ciertas 
  • El deseo (inconsciente) humano, piedra angular del pensar, no es un deseo preformado por el instinto, nace en la articulación con el otro.
  • El deseo nace, para Freud, en la articulación entre una fuerte alteración del bebé que no se dirige preexperiencialmente a ningún objeto –que llama “alteración interna”-  , y  otro, la madre – que llama “asistencia ajena”- que, al ofrecerle  un objeto –que llama “objeto de la satisfacción” – que lo  satisface – en una acción que denomina  “acción específica” -, da significado a esa alteración dando por resultado lo que designa una “vivencia de satisfacción”.
  • En esta operación a la par, se convierte el grito sin sentido del bebé en mensaje
  • El intento posterior de recapturar esta experiencia es lo que Freud bautiza como “deseo”. El deseo es al anhelo que alienta que, ante una nueva urgencia se intente recapturar ese anterior objeto que antes satisfizo
  • El deseo de reactualizar la “vivencia de satisfacción” – eso es el deseo – lo lleva al infans a alucinar el objeto de la satisfacción que fundó esa vivencia. A esto lo denomina “identidad de percepción”.
  • El intento de encontrar una “acción específica” a través de la “realización alucinatoria de deseos” es frustrante y el yo entonces busca un objeto sustituto, pensando, a través de “la identidad de pensamiento”.
  • Como consecuencia de lo anterior surge la dificultad para distinguir, frente a la nueva urgencia, entre el objeto recordado, que tiende a ser alucinado (identidad de percepción)    y el objeto pensado que hará posible el sustituto percibido (identidad de pensamiento). Esta distinción es la condición de posibilidad de pensar.
  • Freud piensa que la percepción no sirve para dirimir entre el objeto alucinado y el percibido – este objeto que  puede ser útil a la acción específica

La pulsión y lo inconsciente después del 20

La insuficiencia para comprender lo determinado por Lo inconsciente como una  realización de deseos inconscientes toma indicios perturbadores luego de que Freud (1919; 1920; 1924)[28] se da cuenta – su clínica se lo señala -, que el “aparato psíquico” pergreñado por él en la primera tópica, que tenía por función la realización de deseos a través de lo verbal, no sólo proporcionaba una expresión insuficiente, sino que además no le sirve  para dar significado a lo que se manifiesta a través del sentimiento de lo ominoso, o de lo extraño ni otra serie de fenómenos clínicos; la irracionalidad de estos fenómenos clínicos consistía en que no podían ser considerados o explicados como realizaciones de deseos infantiles en consonancia con el Principio del Placer.

La nueva concepción de Freud surge de preguntas cómo las siguientes: ¿Cómo explicar “sueños que calcan de modo idéntico eventos traumáticos”?, cuando él esperaba –de acuerdo a su teoría canóniga, la de la Traumdeutung-  “figuraciones deformadas tranquilizadoras”; ¿cómo explicar la primera parte del juego de su nieto, el fort da?, ¡no se entiende el empecinamiento de este chico en repetir a través de una acción, tirar un carretel, el fort, la penosa ida de su madre!; ¿cómo explicar el intento de repetición -en un calco transferencial- que encuentra en el trato con sus pacientes de sucesos traumáticos?, ¡por qué estos pacientes insisten en perpetuar en la relación transferencial, no deseos infantiles, sino, en cambio, situaciones penosas que sufrieron antaño!; ¿cómo explicar  la incomprensible “reacción terapéutica negativa”?, ¡un paciente que al mejorar empeora!; ¿cómo explicar  las incógnitas y paradojas que le traía  el masoquismo?, ¡cómo entender a alguien que goza con su dolor!

Haciendo gala de su honestidad intelectual y de su fidelidad a lo que su trabajo le indica, no duda en reformular todo el edificio teórico que había construido hasta ese momento.

Es importante dejar consignado, que este solar, el de la primera tópica -su primera gran construcción teórica- ya había mostrado asomos, por ciertas nociones como el ombligo del sueño (Freud, S. 1900), de fragilidad a la hora de dar una representación sin tope del material inconsciente. Freud nos dejaba saber, a través de estas trazas, que él percibía en su clínica -previo a esta crisis-, que no podía dar,  al analizar los sueños una representación verbal de todo lo que se figuraba en el sueño manifiesto. La construcción teórica de   Mas allá del principio del placer es heredera de este escollo, que tuvo un hito importante previo en la consideración que hizo sobre lo ominoso, lo extraño, lo unhemlich tomando como material clínico los cuentos de Hoffmann.

La solución teórica que alumbra para abarcar esta clínica -en donde lo irracional o lo que es lo mismo, lo que carece de representación inconsciente, y que en tanto carece de ella de ningún modo puede ser un deseo inconsciente, ocupa un lugar que no se puede ignorar-, es la inclusión de la suposición de que desde fuera de la conciencia, además de comprometerla en la realización de  deseos inconscientes non sanctos, hay actividades que encuentran su causa en una tendencia entrópica, demoníaca, que habita dentro de nosotros, con la que el aparato que tenemos para pensar  no cesa de lidiar, tendencia que denomina  pulsión de muerte. La que no sólo no es posible representar, sino que además se reconocen sus efectos en los agujeros representacionales que crea. La imposibilidad de representar ya no es sólo eficacia de una cantidad excesiva que por ello deviene traumática – su teoría previa -, sino de una actividad interna, la pulsión de muerte, con la que nombra una tendencia humana a la desorganización, a la pérdida de complejidad, a la pérdida de representación.

Se convierte así en un invitado permanente dentro de la clínica psicoanalítica, no sólo la disposición humana a reiterar deseos infantiles a través de multiples sustitutos para darles cabida, como él había previsto inicialmente, sino la reincidencia de lo no-significado, de lo no figurado, lo que denomina la compulsión de repetición[29].

Una consecuencia de este nuevo modo de comprender el modo de ser y pensar humano es el texto de Freud “El malestar en la cultura”[30]. En este escrito nos advierte que la humanidad aspira a “la felicidad”, siendo ésta un lugar a salvo de conflictos y de sorpresas. Entonces expresa, con elegancia, el malestar que le trae a las personas  que “la cultura” no recubra, no vaticine, no prevea en su totalidad “la naturaleza” ni tampoco lo haga con las relaciones entre los hombres; en síntesis, debemos admitir que no vivimos  en un mundo previsible racionalmente, pero esto no es algo aceptable por nuestra “racionalidad”. En tren de eliminar este inevitable malestar, “esta irracionalidad”, los humanos intentan soluciones que ilusoriamente la supongan –a la naturaleza- previsible, anticipable, dominable, quedando de ese modo a salvo de sorpresas; esta ilusión de dominio abarca también las relaciones de los humanos entre si.

¿Qué se discute respecto de la noción de pulsión?

Por razones de espacio voy a destacar, de un modo esquemático, algunas  líneas teóricas que han contribuido, discutido, objetado las formulaciones  freudianas en torno a la pulsión. Necesariamente mis comentarios pecarán de poco considerados con la riqueza de matices de las diferentes posturas y sólo darán cuenta a trazos gruesos por donde, a mi juicio, han pasado estas discusiones.

-¿La pulsión carece de significado?

Esta pregunta acerca de si la pulsión carece de significado remite a la distinción hecha por Freud entre “instinto” (instink) y “pulsión” (trieb).

Luis López Ballesteros, tal como la mayoría de los traductores al inglés de la obra de Sigmund Freud, tradujo la palabra alemana Trieb de manera poco precisa como “instinto”. Los traductores franceses posteriores a Lacan, y el argentino José Luis Etcheverry, que tradujo las obras completas de Freud directamente desde el alemán, enmendaron este error inicial y prefirieron el término pulsión.

Freud utilizó la palabra instinkt  (instinto) cuando se refería  a un determinismo biológico, heredado genéticamente. El instinto posee objetos precisos e inamovibles para su satisfacción, las pulsiones, en cambio, carecen de objetos fijos, predeterminados.

Freud utilizó el término Trieb (pulsión) a partir de 1905 en sus escritos y se transformó en uno de los conceptos fundamentales en los que se apoya el conjunto de la teoría psicoanalítica. Con Pulsión Freud alude a una noción dinámica, en la que influye la propia experiencia del sujeto y su historia ontogenética.

Sin embargo esta distinción ha sido motivo de discusión.

Para reseñar algunas de estas discusiones veamos de que modo ha sido concebida la pulsión para dar cuenta de la curiosidad infantil desde donde se formula la pregunta ¿de dónde vienen los niños?. Para poner claridad qué es lo que se discute al tratar de comprender el origen de esta pregunta, contrapongamos la visión de Freud y la de algunos de sus comentaristas.

Para Freud con esta pregunta  se intenta dar respuesta a la causa de sí mismo, a través de las llamadas “teorías sexuales infantiles”. De ellas, según Avenburg (1998)[31], “nace (a veces, no siempre) la autonomía intelectual, el pensar se emancipa y deviene la pulsión de investigación (la cursiva es mía)”. Para Avenburg no se trata de un instinto en la teoría freudiana que tiene una presencia inicial. No hay en ese sentido, para este punto de vista, en la teoría de Freud un “Instinto epistemofílico”. El “anhelo de saber” es una consecuencia de tratar “desde su propio cuerpo” con un enigma: ¿cómo surge un niño?.

Con el “conocimiento” que brindan las teorías sexuales infantiles se tiene la ilusión de recubrir un interrogante sobre cómo es la sexualidad de la pareja parental, el enigma de su placer y de lo que podría ser la causa de su deseo. En ese sentido ¡“El niño no está ante ciertos enigmas!. ¡El niño es ciertos enigmas”!.

Voy a tomar como ejemplo de una visión diferente acerca de si la pulsión carece de significado lo planteado por Meltzer (1978)[32], en especial cuando en su lectura reivindica la insistencia en lo concreto de la realidad psíquica y la introducción de un instinto epistemofílico (Pág. 13).

Esta caracterización hecha por Meltzer es el núcleo duro de un cuestionamiento global que hace a una teoría, la de Freud, que a su juicio no es adecuada para dar cuenta de fenómenos emocionales.

Plantea que como fue rechazada la teoría de “la escena de seducción” –en la carta 69 a Fliess- en tanto presuponía una hipótesis traumática, y fue dejada de lado –cuando no le creyó más a su neurótica- como “un cuento de hadas” es necesario –así lo considera él- contraponer el concepto de “la mente es el cerebro” al concepto de “la mente como fenómeno”.

Meltzer considera al Freud clínico como afín a lo segundo –al que reivindica y supone seguir sus pasos-, y al Freud teórico operando con el primero –al que cuestiona y sugiere que hay que dejar de lado-.

Su posición incluye la necesidad de un pasaje (D. Meltzer, 1990, Metapsicología ampliada; ¿qué es una experiencia emocional?) “desde una ciencia explicativa preocupada por las causas –la de Freud según Meltzer-, a una ciencia descriptiva más preocupada por el significado” (Pág. 17) -la que él propone-. 

A su juicio el psicoanálisis debe ocuparse de la ”experiencia emocional con el fin de explorar su significado”… “en tanto que el sentido inmediato es experimentado como emociones quizás tan diversas como los objetos capaces de evocarlas en esa forma inmediata, su significación siempre se refiere, en última instancia, a las relaciones humanas íntimas” (Pág. 22).

Lo que discute Meltzer, con la carencia de significado del instinto sexual,  es, que en la obra de Freud la noción de pulsión:

a-no trae una significación predeterminada

b-no hay una continuidad significativa entre pulsión y fantasía.

c-no exista un “objeto específico de la pulsión”.

-¿Qué se puso en discusión en torno a la noción de “pulsión de muerte”?.

Otra polémica importante en torno a la pulsión es aquella en la que se discute alrededor de la pulsión de muerte. Pocas cuestiones han sido tan controvertidas dentro del psicoanálisis como  la noción de “pulsión de muerte”.

Algunas de las discusiones son las siguientes:

  • La pulsión de muerte en la obra de Freud (1920), por una lado, dio sustento a explicar lo irracional, pero simultáneamente abrió una discusión acerca de si toda la fenomenología del odio podía ser subsumida en la pulsión de muerte.
  • Un contribución interesante es la correlación que se propone entre la pulsión de muerte y los fenómenos de desinvestimiento que dan por resultado la falta de pasión y el vacío.
  • También se polemizó sobre la importancia de conservar la distinción entre el odio, emoción que conserva la trama vincular y que se tramita en el marco de la trama edípica con la pulsión de muerte.

Estas polémicas llegan hasta nuestros días y atraviesan nuestras discusiones.

Uno de los polos en esta discusión es lo sostenido por Melanie Klein.

Melanie Klein tomó decididamente partido y convirtió a la noción de “pulsión de muerte” en un punto de anclaje de su investigación.

En su modo de pensar la “pulsión de muerte” dejó de ser, tal como la había concebido Freud como una tendencia -como un principio metabiológico- a volver a un estado inanimado y pre-orgánico,  para concebirlo como una tendencia destructiva.

Klein sentó su teorización en las ansiedades de un yo que tiene, desde el comienzo, la tendencia a integrarse. Esta tendencia, bajo el impacto del instinto de muerte pierde efectividad y se produce una desintegración defensiva. Cuando el yo, según M. Klein (1952,1955)[33], se ve enfrentado con la ansiedad que le produce este instinto, lo deflexiona. Esta operación, ya descripta por Freud, consiste según M. Klein, en parte en una proyección, en parte en la conversión en agresión.

En torno a esto se discute la importancia de conservar la distinción entre el odio que mantiene una matriz vincular, del que lleva al aniquilamiento de la posibilidad de pensar, que da como resultado la destrucción de la realidad interna, que conocemos como catástrofe psicótica. No siempre para Bion el odio deviene impensable o irrepresentable. Bion (1965) al proponer la noción de “reverie” o función alfa mediante, propone que el temor al aniquilamiento puede  transformarse en afecto o pensamiento. En esa línea es interesante la distinción de Bion (1965, 1970) entre “emoción” y “antiemoción, su distinción entre vínculo K, L y H y –K, -L y –H, y su tabla negativa[34] que permite pensar la diferencia entre el odio, vínculo “H”, afecto pleno de emoción y la falta de emocionalidad de la antiemoción.

Desde otra vereda sosteniendo la traza freudiana acerca de la pulsión de muerte Piera Aulagnier (1975)[35] plantea que en tanto representar implica una experiencia de placer, se  aboca a resolver el problema que le plantea la experiencia de displacer junto con la paradoja que representa para la lógica del Yo la presencia de un displacer que, pese a ser tal, podría ser objeto de deseo.

A esa contradicción la resolverá postulando la omnipresente presencia en toda actividad psíquica de dos propósitos contradictorios que escinden al  deseo. Postula que  junto al deseo que tiene por meta el placer, está el deseo de no deseo mentando con él, el deseo de no tener que  desear.

La dualidad pulsional según Piera Aulagnier se expresa mediante: el deseo que tiene por meta el placer, y el deseo de no deseo, el deseo de no tener que  desear.

Una muestra de la importancia que adquirió, dentro del movimiento psicoanalítico,  la discusión en torno a la noción de pulsión de muerte la encontramos en que fue el tema elegido por el Primer Simposio de las Sociedades Europeas en 1984[36]. Uno de los ejes que despertó interés entre los relatores, fue la distinción entre Nirvana y odio.

Clifford Yorke (1984)[37], invitado a escribir un paper sobre el tema aunque no participó en el Simposio,  cuestionó el concepto de nirvana. Planteaba que no es necesaria esta noción para explicar la clínica que pretende abarcar, existen para él otras posibilidades como la de considerar la inhibición libidinal y agresiva.

Hanna Segal (1984)[38], en ese Simposio, no acordaba con una concepción anobjetal del nirvana. Sugería que la teorización de Freud acerca del principio de Nirvana, como el rechazo a la perturbación emocional, conlleva una idealización de la muerte y de la pulsión de muerte promoviendo la búsqueda de “ausencia de excitación por las vías más cortas”. Postulaba en cambio que “una teoría de la agresividad debiera ser necesariamente pluridimensional”, se trata de un fenómeno de mayor complejidad. Hanna Segal enfatiza -sintetizando su  visión respecto de la psicosis-, la importancia de tomar en cuenta la tendencia a aniquilar, la necesidad de aniquilar el sí-mismo que percibe y experimenta, así como lo que es percibido.

Para pensar la pulsión de muerte y su relación con el odio, según Laplanche (1984)[39] en esa reunión, se debiera tener en cuenta los componentes agresivos de la “relación especular”. Es claro que en esta concepción, al pensar la agresividad vinculada a lo especular, el odio no es un mero fin pulsional, involucra al yo, se odia desde una identificación. Este también es el modo en que lo piensa Freud (1923) [40], cuando dice que el amor y el odio no son fines pulsionales, quien ama u odia es el yo.

Andre Green (1984)[41] planteaba en ese Simposio que es imposible decir algo acerca de la pulsión de muerte sin referirse al otro término del par que forma con la pulsión de vida. Propone que lo esencial de la pulsión de vida es asegurar una función objetalizante. Del lado opuesto, la perspectiva de la pulsión de muerte es cumplir una función desobjetalizante. La manifestación propia de la pulsión de muerte es el desinvestimiento. Desde su punto de vista, las manifestaciones de la psicosis están ligadas con el empobrecimiento del yo librado al desinvestimiento[42].

Este razonamiento de Green partía de la distinción que ya había hecho entre narcisismo de vida y narcisismo de muerte (Green, 1983)[43]. Esta diferenciación se revela importante en tanto Green reserva para el narcisismo de vida los aspectos estructurantes que hacen a la constitución del yo, y narcisismo de muerte, a lo que tiende al nirvana.

Pulsión, vínculo y relación.

Las discusiones en este punto han sido muy complejas.

En tren de simplificarlas diría que:

-por un lado han surgido proposiciones en los se aboga  por un psicoanálisis en que se de cuenta de lo que ocurre en el mundo interno, incluso en oportunidades  considerando que otra causalidad es resistencial.

Green (1988)[44] parte de este punto de vista cuando dice que el pensamiento freudiano produjo una revolución en la teoría de la subjetividad haciendo del sujeto el sujeto de la pulsión. Postula que  hay  una “meta pulsional que se ha de cumplir y un objeto que se ha de conquistar”. Para esta perspectiva la pulsión es el motor, lo que determina el vínculo con el otro en tanto ese otro es  considerado como el destinatario  del objeto de la pulsión.

Tomaré como otro ejemplo de este punto de vista el trabajo presentado en el Congreso de IPA, Rio de Janeiro, 2005 por Ronald Britton, “Endogenous Trauma and Psycho-phobia”[45], discutido por Jorge Maldonado[46].

El trabajo de Britton es impecable y delinea con elegancia su postura en torno al Trauma endógeno.

Si bien, como hace notar Maldonado en su comentario, “Britton hace una clara distinción entre trauma endógeno y exógeno y manifiesta que la aceptación de un concepto no significa la exclusión del otro. En este sentido, establece una diferencia con Freud con relación al material del “Hombre de los lobos”. En el punto de vista de Freud el énfasis está puesto en la relación entre sus impulsos actuales y recuerdos pasados. En el trabajo de Britton el énfasis está puesto en la relación entre los impulsos actuales y el terror por la fantasía infantil. Creo que éste es un punto crucial porque de acuerdo a cual sea el criterio que se aplique se dará mayor valor a “la fantasía” en el caso del trauma endógeno o alternativamente se le dará mayor valor a “la relación de la fantasía con los acontecimientos históricos” en el caso del trauma exógeno. Esto conducirá a procesos analíticos con distintas evoluciones”.

Es interesante como Maldonado expresa en su comentario al texto de Britton los dilemas que plantea este modo de pensar y así dice:  Cuando en la experiencia clínica me encuentro ante la necesidad de investigar sintomatologías que pueden remitir a posibles experiencias traumáticas me encuentro ante un terreno inseguro. Temo, por una parte, darle excesivo valor a los acontecimientos, de estar así cayendo en la trampa de la concretud y de la literalidad o, por lo contrario, temiendo estimular en mis pacientes una visión paranoide de la realidad. Si al interpretar, el énfasis de mis interpretaciones recae sobre las agresiones sufridas por el sujeto, puedo pensar también que estoy convirtiendo al paciente en una pseudo-víctima o dificultándole la posibilidad de asumir su propia responsabilidad psíquica sobre sus procesos mentales. Pero, por otra parte, temo incurrir en una excesiva valoración de la fantasía, de estar, de este modo, contribuyendo a ocultar acontecimientos que tuvieron un valor esencial o un significado particular en la historia del sujeto. Estos acontecimientos pueden haber permanecido inconcientes o ser parcialmente recordados por el sujeto pero su significación puede ser desconocida. Hay diversas formas de ocultar un episodio traumático que son más efectivas que el simple olvido. La visión paranoide del acontecimiento puede resultar un medio particularmente eficaz para ocultar acontecimientos traumáticos en los cuales, no la presencia persecutoria, sino la ausencia de un objeto pudo ser el factor traumático esencial. Mi incertidumbre resulta similar al temor que acompañaba a los navegantes que debían transitar entre Escila y Caribdis. Pero también Freud mantuvo constantes oscilaciones hasta sus últimos escritos entre la valorización teórica del trauma y de los acontecimientos históricos o bien de la fantasía.

-En otras líneas se ha  cuestionado el “solipsismo” dado por una teoría que centra toda su clínica en el “sujeto de la pulsión” y la necesidad de considerar además al “sujeto del inconsciente” como un “sujeto de herencia”.

Un enorme número de contribuciones plantea que es necesario para nuestra comprensión de lo psíquico, las relaciones entre lo intrapsíquico, lo interpersonal y aun lo social en sentido extenso (Elliot Jacques, 1951[47], 1965[48]; José Bleger, 1967[49]; Baranger W y Baranger M. 1969[50]; P. Aulagnier 1975[51]; N. Abraham y M. Torok 1978[52]; Janine Puget y Leonardo Wender 1982[53]; H. Fainberg 1985[54]; 1988[55]; Max Hernandez 1988[56]; R. Käes 1989[57], 1993[58]; Owen Renik 1993, 1995, 1996; C. Eizirik, 2002[59];  R. Moguillansky y S. Nussbaum 2014[60], etc.).

En consonancia con este modo de pensar Silvia Bleichmar, (2005)[61] dice, que la subjetividad tiene que ser comprendida  “como producto histórico, no sólo en el sentido de que surge de un proceso de constitución del psiquismo en general, sino que es efecto de ciertas variables históricas en el sentido de historia social, que varían en las diferentes culturas y sufre transformaciones a partir de las mutaciones que se dan en los sistemas históricos – políticos”

Una de las cuestiones que ha sido impuesta desde estas ampliaciones, es la tensión creada por la divergencia entre las significaciones que se generan  en cada sujeto, como las contempladas en la primera tópica y aquellas que lo determinan desde sus inclusiones grupales, tanto familiares como sociales. Freud (1930) penetró en este conflicto ilustrándonos acerca del malestar presente entre las exigencias pulsionales de cada sujeto y las demandas socioculturales.

-En una tercera línea se ha abogado por desprenderse de determinaciones pulsionales y atender a “lo relacional”.

En esta perspectiva hay que destacar el culturalismo, que tenía como voceros a Karen Horney y Erich Fromm, en la que se suele destacar, con variantes entre ellos a Ferenczi, Balint, Wiinicott, Fairbarn, Merton Gill, Loewald, Mitchell y el grupo de Boston para el cambio psíquico.

En este punto de vista, que puja por cuestionar las determinaciones pulsionales, destacaré lo que se ha dado en llamar el “intersubjetivismo”. Los integrantes de este modo de pensar, Robert Mitchels, Thomas Ogden, Owen Renik, Daniel Stern, entre otros,  en su énfasis por lo relacional al discutir el determinismo pulsional ponen en cuestión  los límites de la neutralidad en la situación analítica, de lo inadecuado que puede resultar para la buena marcha de la relación entre paciente y analista “un rigor excesivo de la abstinencia y del anonimato del analista”. También  cuestionan el lugar privilegiado de la interpretación y proponen un mayor énfasis en papel curativo y transformador de la relación entre paciente y analista.

Owen Renik (1993, 1995, 1996)[62], una de las primeras espadas del grupo intersubjetivista, sostiene que el concepto de neutralidad analítica[63] aunque bien intencionado, no sirve al propósito para el que fue formulado: según él no constituye un objetivo útil hacia el cual dirigir nuestros esfuerzos en el análisis clínico.

El concepto de neutralidad analítica, para Renik se ha convertido en una carga, en la medida en que nos anima a perpetuar algunas ilusiones limitantes acerca del rol del analista en el proceso psicoanalítico.

Daniel Stern –uno de los voceros con más prestigio de los analistas intersubjetivistas – y sus colaboradores han planteado en diversos trabajos que la interpretación no es suficiente para producir el cambio terapéutico y que es necesario un “algo más”. Conceptualizan (D. Stern et al, 1998)[64] como desde su perspectiva ese “algo más” actúa en la relación terapéutica. Propone que debe darse un medio intersubjetivo entre paciente y analista donde prime el conocimiento mutuo de lo que está en la mente del otro, y que concierne a la naturaleza y al estado de sus relaciones. Esto podría incluir estados de activación de afectos, sentimientos, excitación, deseos, creencias, motivos o contenidos de pensamiento en cualquier combinación. Apuntan a lograr en la situación analítica un medio intersubjetivo en donde se de un conocimiento relacional compartido.

Un capítulo especial acerca de la relación entre pulsión y vínculo  es el que se abrió, con posterioridad a la segunda guerra mundial, cuando diversos equipos de investigación trabajaron bajo el supuesto de que la esquizofrenia era una condición resultante de los procesos interactivos de la familia. Estos investigadores suponían que en los funcionamientos familiares se encontraría la clave para comprender a las personas que padecían de esquizofrenia y fundamentar entonces las intervenciones terapéuticas sobre la familia.

Estos intentos que seguían el sendero marcado por la psicoanalista Frieda Fromm- Reichmann[65] -cuando acuñó la noción de “madre esquizofrenógena”-  ponían énfasis en el origen psico-social de los conflictos psíquicos, tratando  de comprender cómo la familia intermediaba en la interiorización en sus miembros de determinadas orientaciones de valor “patológico” social.

Este movimiento tuvo un importante punto de partida en el grupo de Palo Alto en EEUU, inspirado en el estudio de Gregory Bateson sobre la comunicación entre el esquizofrénico y su familia.

Bateson en 1956[66] revolucionó la salud mental con su teoría del doble vínculo con la que suponía explicar la esquizofrenia. La esquizofrenia era, en su concepción, un intento límite de uno de los miembros de una familia para adaptarse a un sistema familiar con estilos de comunicación incongruentes o paradójicos.

Destacaré dentro de estas contribuciones sobre esquizofrenia y familia desde el psicoanálisis las de Lidz y Winne.

Lyman C. Wynne (1965)[67] en el Instituto Nacional de Salud Mental norteamericano (NIMH), en Bethesda, Maryland, postuló con su noción de  “pseudomutualidad”  que la divergencia era percibida en estas familias como un factor de desquiciamiento de la relación, por lo cual era necesaria evitarla pero, si se la evitaba, la relación no podía crecer.

Dentro de esos trabajos es un clásico el artículo de Theodore Lidz “El medio intrafamiliar del paciente esquizofrénico: la transmisión de la irracionalidad” (T. Lidz, A. Cornelison, D. Carlson y S. Fleck, 1957)[68].

Lidz en ese texto plantea que “la delimitación que hacen los padres del medio y su percepción de los hechos destinada a satisfacer sus necesidades, traen como resultado una atmósfera familiar enrarecida a la que los niños deben adecuarse para satisfacer esa necesidad dominante, o bien sentirse rechazados. A menudo los niños tienen que renunciar por completo a sus propias necesidades para apoyar las defensas del progenitor que necesitan.

¿Qué se puso en discusión en torno a la noción de “Inconsciente”.

A los efectos de simplificar el texto voy a considerar unas pocas cuestiones en las discusiones en torno a Lo Inconsciente

-El papel del otro en la constitución de lo inconsciente.

Una contribución importante en los modelos posfreudianos fue el mayor énfasis en el papel del otro en su constitución.

Si bien el deseo inconsciente, ya desde “El Proyecto…” (Freud 1895) era concebido por Freud como instituido en la articulación entre una alteración del bebé que no se dirige preexperiencialmente  a ningún objeto –que llama “alteración interna”-  , y  otro, la madre – que llama “asistencia ajena”- que, al ofrecerle  un objeto –que llama “objeto de la satisfacción” – que lo  satisface – en una acción que denomina  “acción específica” -, significa esa alteración dando por resultado lo que designa una “vivencia de satisfacción”, origen del posterior deseo y en la segunda tópica el pensar surge a partir de la internalización de aquello que se procesa en la matriz familiar, era un verdadero peso el énfasis de Freud en la herencia filogenética en detrimento de lo aportado por la cultura.

Lacan acentuó el papel de la cultura para la conformación de la subjetividad, diferenciándose del Freud de la “Primera tópica” que recurría a hipótesis filogenéticas para explicar las determinaciones sociales. Contribuyó con su artículo “La familia” (1938)[69] al cambio que había iniciado Freud con la noción de identificación. Concibió  la herencia privilegiando las hipótesis culturales en la transmisión de significados de una generación a otra. La noción de “Complejo”, presente en este artículo alude a como un sujeto, un infans nace inmerso en “complejos”, conflictos complejos moldeados culturalmente que se tramitan y se instituyen a través de la familia.

En la mayor fuerza en le papel del otro en la constitución de lo inconsciente es importante lo aportado por la escuela inglesa, sobre todo Melanie Klein (1932)[70], cuando postuló el papel central del otro materno en la constitución de la subjetividad.

Su énfasis estuvo puesto en la relación del bebé con el interior del interior materno. La exploración de la relación del bebé con este espacio se vuelve central para la conformación de la subjetividad y la construcción de una representación del mundo. Su mente (la del bebe) va siendo modelada de acuerdo a las teorías que va construyendo sobre el interior materno. Del conocimiento de este interior, para esta autora, el bebé humano extraería un modelo del mundo.

Este punto de vista será ampliado por Roger Money Kyrle (1967)[71], quién propondrá que el bebé crea en esa exploración las bases epistémicos que le permitirán más tarde conocer el mundo.

Lacan (1964)[72], más tarde enfatizó de modo aún más fuerte el papel de la cultura para la constitución del sujeto. Expuso que se adviene sujeto al inscribir el deseo en el Grand Autre (A). Textualmente afirma en el Seminario “Los cuatro conceptos fundamentales” que “el niño queda irreductiblemente inscripto en el universo del deseo del Otro en la medida que está prisionero de los significantes del Otro”. En otras palabras sugiere que el que nos da lugar como sujeto es el código (“tesoro de significantes”) vigente en la cultura en la que nos subjetivamos, lo que Lacan llama el Grand Autre. En ese sentido es determinante para la constitución de nuestra subjetividad que el código nos haga lugar.

Numerosos autores, para fines de los años sesenta, propusieron que la vida psíquica, la vida emocional humana, comienza en el seno de un vínculo, de una simbiosis entre la madre y el bebé. Este sería el punto de partida para el inicio en cada sujeto de un proceso de individuación. Para el desarrollo de este tema son ineludibles los aportes de Harold Searles (1971)[73], Margaret Mahler (1968)[74] y José Bleger.

José Bleger ocupa un lugar privilegiado dentro de los autores que bregaron por la incorporación de modelos vinculares en el campo del psicoanálisis para estudiar la constitución del sujeto humano. José Bleger (1967)[75], realizó novedosos estudios acerca del narcisismo y el proceso de individuación a partir de la simbiosis. Con la noción de “depositario”, que tomó de Enrique Pichon Rivière, abrió un ancho camino en la comprensión del papel instituyente que tienen los grupos, la familia y la sociedad en la asignación y depositación de la locura de estas instituciones en un individuo determinado.

En la mitad del siglo XX se ensanchó la teoría psicoanalítica al plantear modelos en los que tenía un papel creciente la presencia de otra mente para constituir la propia, en particular la mente de la madre para instituir la subjetividad del bebé.

Los aportes de Winnicott (1953)[76] y Bion (1962)[77] postularon que además del armado de un modelo de mundo de acuerdo con las proyecciones del bebé en el interior materno, tal como lo había anticipado Melanie Klein, también las emociones del bebé, necesitaban ser moduladas y significadas por otra mente y que hasta las capacidades para pensar del cachorro humano eran adquiridas a partir de otro humano.

Winnicott, con su descripción del “espacio transicional y el objeto transicional”, y Bion con su noción de reverie plantearon  que no sólo el interior de la madre era un lugar (exterior a la propia mente) para ser pensado, simbolizado –como lo había señalado Melanie Klein-, lo que ya de por si ampliaba las fronteras de la imaginación, sino que hicieron hincapié en el papel activo que tenía que desempeñar la otra mente – la de la madre – para la constitución de la propia.

La obra de W. Bion está impregnada por la idea de la insuficiencia del aparato psíquico de bebé para metabolizar las experiencias emocionales con las que tiene que lidiar. Para el autor esta falencia es originaria, postula la necesidad de otra mente – la materna – que reciba y digiera las emociones convirtiéndolas –transformándolas- en algo posible de ser soñado, pensado. Bion con la capacidad de “reverie” menta la capacidad de ensoñar que tiene la madre y de ese modo se incorporan emociones que no pueden ser pensadas y la capacidad de procesarlas, la capacidad de pensarlas. La madre otorga al bebé no solo emociones procesadas, aptas para ser soñadas y pensadas, sino que en el vínculo el bebé adquiere la capacidad de procesar, de pensar.

Donald Meltzer (1973; 1990, 1992)[78]  ha descripto –continuando explícitamente lo expuesto por M. Klein y W. Bion- una narrativa, en la que a su juicio, cada sujeto vive inmerso en su mundo interno. En ese mundo interno cada sujeto vive dentro de una familia interna con la que está en diálogo. En esa escena, este autor sugiere que el yo interactúa con los diferentes personajes de la familia interna.

Donald Meltzer desarrolló ampliamente esta dramática del mundo interno y planteó la coexistencia de diversas estructuras yoicas en relaciones variadas con diferentes estructuras superyoicas que se alternan en el dominio de la personalidad en respuesta a cambiantes situaciones externas e internas.

Entre los desarrollos que jerarquizaron como un humano se constituye en sujeto psíquico a partir de un otro, fue importante el privilegiado papel que le dio Piera Aulagnier (1975)[79] a la anticipación de la madre sobre el futuro hijo.

Cada individuo, según esta autora,  está predeterminado por vínculos que preexisten a su nacimiento. El sujeto empieza a ser en la mente de la madre, antes de nacer. La identificación primaria encuentra su miga, su sustancia, su suelo, en lo que su madre imaginó sobre él (Piera Aulagnier, ibid). La madre además le transmite no sólo sus ideales, instituye en él los paradigmas culturales en los que va a vivir. Una pieza central en este problema es lo escrito por Piera Aulagnier (Piera Aulagnier, ibid) sobre la noción de “contrato narcisista”.

Laplanche[80] realizó una interesante contribución a la cuestión del vínculo con su teoría de la “seducción generalizada”[81].

Según Laplanche la sexualidad es introducida por la madre a través de los cuidados corporales, incluso afirma que no podemos ignorar, ya desde los inicios de la relación madre-bebé, el papel del pecho que más allá de ser el órgano de la lactancia, transmite el investimiento sexual inconsciente.

Laplanche, en la conceptualización de la teoría de “la seducción generalizada”, lo sigue a Ferenczi[82] cuando el autor húngaro opina que los adultos imponen por la fuerza su voluntad a los niños y que particularmente les imponen sus contenidos displacenteros.

Con el término de seducción originaria”, Laplanche abre la entrada al otro y le confiere un papel que da las marcas del psiquismo, “calificamos entonces esta situación fundamental en que el adulto propone al niño significantes no verbales tanto como verbales, incluso comportamientos, impregnados de significaciones sexuales inconscientes”, significantes enigmáticos (Laplanche 1979-80).

La seducción, entonces, como teoría generalizada y ya no restringida al episodio real vivido con relación a la genitalidad, encuentra un nuevo movimiento en el interior del psicoanálisis que se abre sobre las grandes cuestiones de la constitución del psiquismo: el carácter fundante del inconsciente del otro.

-¿Cómo concebimos los inconsciente?

Dentro de este apartado destacaré algunas discusiones en tanto las pienso como las que han sido las más relevantes.

¿Hay otra escena en Lo inconsciente? La cuestión de la materialidad del inconsciente. El marxi-freudismo de las entreguerras: Politzer y el Coloquio de Boneval en 1960.

Una de las críticas acerca de cómo concebía Freud lo Inconsciente, como una escena diferente de la conciencia,  partió de lo que se dio en llamar el marxi-freudismo.

Este movimiento, un intento de unir el psicoanálisis y el marxismo, nació en París en 1924,  en paralelo con la producción del surrealismo y la fundación de la SPP. En ese año se constituyó en un grupo integrado por filósofos interesados en el pensamiento de Freud en el que participaban Henri Lefevre, Georges Politzer a los que más tarde se agregaría Henri Wallon.

Sostenían que “el fin” del filósofo auténtico debía ser la acción, la política a la  que el marxismo daba en la opinión de ellos,  un sentido nuevo.

Este “fin” de la filosofía, diez años más tarde fue encarnado por Alexandre Kojève, quien difundió en Francia la obra de Hegel, hasta ese momento proscripta en la Universidad. En estos grupos de Kojève estuvieron Lacan, George Battaille, Breton, etc.

La crítica más importante al modo en que Freud concebía lo inconsciente partió de Politzer[83] con su texto “Critica de los fundamentos de la Psicología”.

Politzer centraba el análisis y la discusión en el par Contenido Latente-Contenido Manifiesto del sueño para establecer lo que podemos denominar la tesis de la inmanencia del sentido:  el sueño tiene un solo contenido y es el relato que el sujeto hace de él. No hay otra escena del inconsciente.

Para Politzer, la significación latente está presente en el relato del paciente del mismo modo que están presentes las reglas del juego en la conciencia del jugador durante un partido de tenis 

En ese texto dio las bases de lo que se llamó  la Psicología Concreta en la que intentaba unir el psicoanálisis y el marxismo, cuestionando la “otra escena de Freud”, determinante de lo inconsciente, en tanto a su juicio pecaba de idealismo. Politzer proponía que no “hay otra escena inconsciente”, sino que lo inconsciente subyace a la misma escena, asumiendo de ese modo una caracterización más “materialista”, concibiéndo al inconsciente como las reglas de juego en un partido de tenis, presentes en la misma escena.

Este texto marcó generaciones de psicoanalistas, en nuestro medio, José Bleger estuvo muy influido por Politzer.

Esta idea de Politzer fue rebatida por Laplanche y Leclerc cuando presentaron en el Coloquio de Boneval convocado por Henry Ey sobre “Lo Inconsciente”[84] en 1960  el texto El inconciente: un estudio psicoanalítico en el que. desde una perspectiva histórica y epistemológica, afirmaban una de las tesis principales del pensamiento de Jean Laplanche: la del Realismo del Inconciente  confrontando con las ideas de Georges Politzer en la rebatían el supuesto idealismo  contenido en la noción de inconsciente freudiana.

Laplanche en su crítica toma la vía del retorno a Freud para volver sobre la metapsicología y explicitar la teorización freudiana de una separación real, tópica, de los dos sistemas: por un lado el inconciente y por otro el preconciente-conciente. Desemboca en el concepto de represión originaria como fundante de la separación entre los sistemas psíquicos y por lo tanto del inconciente engendrado en dos niveles de simbolización, al primero de los cuales le corresponde un lenguaje no verbal .

La cuestión de lo inconsciente y la fantasía inconsciente.

Otra cuestión importante en cuanto a cómo concebimos Lo inconsciente es la discusión dada a partir del aporte de Susan Isaacs en “Naturaleza y función de la fantasía” [85].

Para referirme a esta perspectiva tomaré algunas frases del texto de Virginia Ungar (2001) Imaginación, fantasía y juego[86] en tanto expresa con claridad lo expuesto en este punto de vista cuando dice que   la escuela kleiniana tuvo siempre como centro de interés el tema de la fantasía inconsciente. Como sabemos, fue el tema central de las famosas Controversial Discussions en la British Society of Psychoanalysis entre 1941-1945, en las que se confrontaron las ideas del grupo kleiniano con las del grupo annafreudiano. Para M. Klein, la fantasía está presente desde el inicio de la vida mental, y es el fundamento de la relación del niño con su propio cuerpo y con el mundo que lo rodea. A su vez, está íntimamente relacionado con el concepto de sublimación. Así, M. Klein dice: “El simbolismo no es sólo la base de toda fantasía y sublimación, sino que, más aún, es el fundamento de la relación del sujeto con el mundo exterior y con la realidad en general.

Las ideas de M. Klein sobre la fantasía fueron el eje de las discusiones durante las Controversias y fue Susan Isaacs quien representó las ideas con su artículo “Naturaleza y función de la fantasía” (1943). La autora hace la distinción entre la fantasía o ensueño diurno, a la que se refiere con el término fantasy y la fantasía inconsciente o phantasy. Según Isaacs, la fantasía inconsciente es la representación mental de la pulsión, tanto de la experiencia somática como de la psíquica y subyace a todo proceso mental”.

Como expresión de algunas de las discusiones que se han dado en torno a esta cuestión expongo el punto de vista de Laplanche.

Laplanche (1985)[87] opina que Susan Isaacs “considera que las fantasías inconscientes son “una actividad paralela a las pulsiones de las que emanan”, una “expresión psíquica de una vivencia, determinada a su vez por el campo de fuerzas formado por la actividad de los instintos tanto libidinales como agresivos, y las defensas que éstos movilizan”. Según Laplanche Isaacs trata de establecer una intima relación  entre las modalidades especificas que adopta la vida fantasmática con las zonas del cuerpo que son asiento del funcionamiento instintual.

Susan  Isaacs, para Laplanche, “con su argumento no aceptaría la concepción freudiana del instinto y la fantasía”… Para ella  “la fantasía  es  la transcripción imaginaria del objeto primero de toda pulsión, que es un objeto específico. El ´impulso instintual´ es vivido necesariamente como una fantasía, … Si la fantasía es para Susan Isaacs una manifestación inmediata de la pulsión, casi consustancial con esta, y en última instancia equiparable… puede pasar rápidamente a funcionar como defensa, toda la dinámica interna del sujeto termina por mostrar este único tipo de organización…lleva necesariamente a sostener que toda operación  mental tiene un doble subyacente que es una fantasía, y que esta puede ser equiparada por principio con la manifestación primaria de un impulso instintual” (Pág. 81-82).

En este línea la reificación de la fantasía en detrimento de  las teorías sexuales está firmemente enlazada con como Meltzer concibe la transferencia. Su afirmación, congruente con la reformulación kleiniana en este punto, a “considerar que la transferencia es de interés fundamental debido a su inmediatez, es decir, la evidencia inmediata de relaciones infantiles con objetos internos que son externalizados con respecto a la persona del analista” da razón a este punto de vista. 

-Los sueños son una formación de lo inconsciente en la que se da cumplimiento a deseos o en él se crean significados.

Para Freud los sueños, en tanto una formación de lo inconsciente, dan cumplimiento a un deseo a través de una figuración que los expresa de modo sustitutivo y por ende deformado. En otras perspectivas el sueño es de  una jerarquía superior, a las otras formaciones del inconciente,  y tienen como  función  crear significados.

En este sentido cómo concebimos los sueños es una buena pista para explorar diferentes formas de concebir lo inconsciente.

Tomaré para ejemplificar estas diferencias cómo lo propuso Meltzer respecto del modo en que lo planteó Freud.

Quizás donde Meltzer con  más claridad  exponga sus diferencias con Freud es en “Vida onírica[88]”.  Cuando describe lo que él llama “la concepción freudiana del sueño como guardián del dormir” afirma que “la base de la teoría  está tan profundamente enraizada en un modelo neurofisiológico de la mente, con su ecuación mente-cerebro, que no puede soportar el peso de una investigación de lo que significa el significado de los sueños” (Pág.9). 

Avanza aún más cuando discute la concepción de Freud  que afirma que “pensamientos del sueño y contenido del sueño se nos presentan como dos figuraciones del mismo contenido  en dos lenguajes diferentes; …, el contenido del  sueño se nos aparece como una transferencia de los pensamientos del sueño a otro modo de expresión, cuyos signos y leyes de articulación debemos aprender a discernir por vía de comparación entre el original y su traducción”(Pág. 11). Distingue entre la tarea de “comprender y resolver”. Con “resolver” alude a un supuesto intento criptográfico de Freud,  que desnude  lo que  llama “superchería “ (con superchería se refiere a la deformación que Freud afirma se da en el sueño) del sueño. Esta crítica se profundiza cuando examina el papel del censor del sueño. Discute también el modo en que Freud describe el trabajo de sueño, en tanto proceso de deformación -apoyado en las cuatro operaciones: condensamiento, desplazamiento, cuidado en la figuración y elaboración secundaria-, ya que a su juicio desde ellas “se constituye una investigación de un proceso carente de significado) (sic), un proceso en que el significado, en todo caso, es destruido más que creado o incrementado” (Pág. 12). Es central para esta visión la capacidad de la mente para representarse a sí misma y dar significado a la emoción en juego.

También encontramos objeciones de parte de Meltzer, a la noción de represión y por extensión a la de transferencia, tal como la comprende Freud, en “Represión, olvido e infidelidad”[89], entre otros textos. Allí, luego de transcribir un fragmento  de Dora,  muestra como en la transferencia se ve, según Meltzer, la ´habilidad´ que Freud cita como base de reediciones; implica –concepción que Meltzer critica- que el pasado llega a ser aceptable por medio de alguna modificación de su contenido. Subraya –Meltzer- que esta misma idea se encuentra en otro fragmento  que reproduce, en ese texto, de Análisis terminable e interminable en el que se ve “la interferencia con la verdad” por la represión. Concluye que tanto en la forma en que Freud concibe la transferencia como la represión, “subyace la hipótesis que en ambas hay una hábil distorsión de la verdad acerca del modelo primario sobre el cual se basan estas relaciones” (la cursiva es mía) (Pág. 297). Más adelante afirma que “la represión es un mecanismo que crea baches en la disponibilidad de experiencias para su recuerdo consciente y su reconstrucción. Estos baches son el resultado de una fantasía inconsciente en la cual algo, ya sea un objeto o sus contenidos, se pierde, o es robado” (Pág. 299). Advirtamos que lo que se objeta, cuando se objeta la represión es algo más amplio, se objeta la noción  de “formaciones de lo inconsciente”.

Meltzer en tanto cuestiona la idea de un inconsciente reprimido, cuestiona implícitamente la idea de  formaciones del inconsciente. En cambio eleva al sueño a una jerarquía superior, a las otras formaciones del inconciente,  otorgándole la función de creador de significados; creemos en esta línea que es destacable en la teorización de Meltzer, la perdida de relevancia que tiene el chiste, el lapsus, etc., en la teoría freudiana.

Es importante, para comprender los distintos puntos de vista en juego en esta cuestión,   discutir en este contexto que se entiende cuando Freud afirma que en el sueño se da “cumplimiento al deseo”. Recordemos que esta postulación de Freud forma parte de una más amplia que dice que el aparato psíquico está al servicio de la realización de deseos, postura que sólo relativiza parcialmente luego de Más allá …

El cumplimiento de deseo en el sueño –para Freud- se realiza a través de  un sustituto simbólico, y como tal es del orden del pensamiento; no se trata en ese sentido de una ilusión omnipotente, que importa sólo como un fenómeno de descarga para que el soñante siga durmiendo. Suponemos que Freud diría que si es un fenómeno de descarga, pero de descarga secundarizada, producto de la complejización que introdujo el aparato, y no de una tendencia natural o instintiva. Esta descarga  en su teoría es diferenciable de la descarga que presupone el proceso primario.

 -¿El inconsciente está estructurado como un lenguaje o hay una primacía del objeto en su estructuración?

Freud (1915) estableció que las relaciones que estructuran las representaciones en el inconsciente están dadas por la condensación y el desplazamiento.

Jacques Lacan en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanalisis[90] dará inicio a su tesis que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

Toma más tarde para fundamentar su propuesta la similitud que hay a su juicio entre la condensación y el desplazamiento propuesta por Freud y la metáfora y la metonimia  descriptas por  Jakobson.

Jakobson[91] había expuesto la tesis acerca de cómo la retórica puede ser reconducida a dos formas básicas, la metáfora y la metonimia. Lacan hace referencia a esta idea  de Jakobson en el capítulo XVII de su Seminario 3, Las Psicosis (Lacan, 1955-56: 314)[92] cuando afirma:   “que la distribución de determinados trastornos denominados afasias, debe reverse a la luz de la oposición entre, por una parte, las relaciones de similitud, o de sustitución, o de elección y también de selección o de competencia, en suma, de todo lo que es del orden del sinónimo y, por otra, las relaciones de contigüidad, de alienación, de articulación significante, de coordinación sintáctica”.

Esta idea, que se convirtió en emblemática en el planteo lacaniano, fue discutida.

Tomaré como portavoces de esta discusión a Laplanche y Green. En  el  Coloquio de Boneval coordinado por H. Ey, “la naturaleza del inconciente” Laplanche presentó un trabajo en colaboración con Leclaire, que ya cité más arriba en la discusión con Politzer, titulado El inconciente: un estudio psicoanalítico,  en el que marca su ruptura teórica con Lacan, en especial respecto de cómo concebir Lo inconsciente.  

Laplanche discute la tesis del inconciente estructurado como un lenguaje establecida por Lacan. Para Laplanche la condensación, es la estructura de sobreimposición de los significantes donde toma su campo la metáfora, y cuyo nombre, por condensar en sí mismo, indica la connaturalidad del mecanismo con la poesía.

El desplazamiento, es el viraje de la significación que la metonimia demuestra y que, desde su aparición en Freud, se presenta como el medio del inconsciente más apropiado para burlar a la censura. Para Laplanche, la tesis del inconciente estructurado como un lenguaje implicaba el riesgo de un reduccionismo del inconciente a lo lenguajero, sobre todo porque también se perdería allí la concepción freudiana del lenguaje, la idea de que en el inconciente las cuestiones del lenguaje se descomponen, de que se pierde la referencia de proveniencia y devienen representación cosa; razón por la cual a partir de allí señalará siempre la diferencia entre un lenguaje freudiano y un lenguaje lacaniano.

Laplanche en un reportaje realizado en oportunidad de su visita a Buenos Aires acentúa (1990)[93] que Lo inconsciente está marcado por el desplazamiento entre las escenas de seducción de la madre que adquieren un significado enigmático no asumible en un primer  tiempo para el lactante. Ello guarda relación con lo que se llama “el deseo de la madre”… Sigue diciendo que del modo más esquemático, está simbolizado en el pecho, o al menos será retomado por el inconsciente en la forma de cierto número de elementos representativos (Vorstellungs-repräsentanz) como lo es el pecho… es demasiado fácil y se va demasiado rápido  cuando se dice que el inconsciente es el discurso del otro. El inconsciente no es directamente el discurso del otro, ni tampoco el deseo del otro.

En una línea parecida Tzvetan Todorov critica, por parciales, las tentativas lacanianas de comparación de la condensación y el desplazamiento freudianos con la metáfora y la metonimia.

Todorov plantea otra equivalencia de los conceptos freudianos con los retóricos: “La condensación engloba todos los tropos, tanto metáfora como metonimia, lo mismo que otras relaciones de evocación de sentido; el desplazamiento no es una metonimia, no es un tropo, porque no hay una sustitución de sentido, sino una puesta en relación de dos sentidos coopresentes.

Green también tiene un desacuerdo con Lacan en este punto y reivindica la primacía del objeto en la estructuración de lo inconsciente. Sigue en este punto a Bouvet[94] y plantea que son las relaciones de objeto las que presiden el discurso del paciente. El inconsciente estaba constituido por representaciones de objeto estructuradas de una manera diferente de aquella que gobierna el lenguaje. Para Green entre la pulsión y el pensamiento hay eslabones intermedios (mociones pulsionales, afectos, representaciones de cosa, representaciones de palabra –  lo propio de las formaciones del inconsciente -) pero no hay que sólo concebirlas como relaciones jerárquicamente estratificadas, sino comunicadas entre si e influyéndose en su estructura.

-Determinismo inconsciente, repetición, Lo nuevo.

El determinismo inconsciente en la obra de Freud ocupa un lugar central en el escudo de armas de su teoría. A modo de ejemplo recordemos cómo Freud conceptualiza el Principio de Realidad en “Dos principios del suceder psíquico”. Luego de exponer los primeros seis puntos en los que el Principio de Realidad es concebido como una prolongación del Principio del Placer y que entonces su fundamento es como lograr una identidad de pensamiento entre el objeto de deseo, objeto de recuerdo y el objeto de la percepción para así lograr una adecuada  acción específica, cambia de perspectiva en el séptimo punto en su discusión del Sueño y destaca que “lo real” es el deseo inconsciente y el Principio de Realidad es hacer lugar en la conciencia al mismo. Esto es aceptar el determinismo inconsciente del deseo.

Desde esa perspectiva se convirtió en central la noción de repetición, concibiendo el síntoma como una transacción ante el retorno de lo reprimido.

Sin embargo en los últimos años se ha enfatizado el papel de lo nuevo, del acontecimiento, separándose de las nociones de repetición, y por consiguiente de las de causalidad histórica y de las enunciadas por Freud en torno a la noción de  inconsciente. Se insiste en el papel de lo nuevo, del acontecimiento, de lo no previsible, llegando a un cuestionamiento radical de todo determinismo o causalidad y enfatizan la producción de diferencias entre los individuos entre sí en el seno del vínculo y con el espacio social[95].

Julio Moreno (2002)[96] expresa muy lucidamente este  modo de pensar. Así dice que lo que se estructura como complejo de Edipo en el inconciente reprimido funciona, no tanto como represión de la sexualidad, sino como organizador de una consistencia que, además, deja fuera de registro la inconsistencia. Es decir que no sólo lo reprimido es lo que perturba sino que la represión de lo reprimido es la organización de la consistencia para excluir más radicalmente lo que no entra en la consistencia. La represión es para Moreno una estrategia de encubrimiento porque existe algo más perturbador que lo reprimido, la inconsistencia. Ahí es donde operan los vínculos con su potencia. En la medida en que hemos registrado más de lo que podemos registrar, eso que entró como rasgos sin significaciones, que no ingresó como marca, se podrá activar y producir subjetividad en un vínculo.

Lo excluido para Moreno está más allá del inconciente reprimido, no es interpretable, lo que no significa que no produzca efectos. Es accesible en otra relación de la interpretación, en la producción vincular. Tipifica dos modalidades “conectivas” y “asociativas”. “Conectivo” y “asociativo” son para Moreno  dos formas heterogéneas de funcionamiento del psiquismo.

Lo conectivo relaciona huellas mnémicas no representadas del psiquismo (lo ajeno de uno a uno mismo, lo que excede la representación) con rasgos del afuera, (por ejemplo lo ajeno de los otros); existe por fuera del sujeto aunque lo afecta.

Lo asociativo es lo que, según Moreno, acontece entre representaciones (conscientes e inconscientes) que porta el aparato psíquico del humano y con las cuales éste pretende dar cuenta de todo el mundo circundante. Son lógicas diferentes. Cada una de ellas le hace tope o detiene el fluir de la otra.

Estos planteos, a mi juicio, han traído una interesante reflexión respecto del papel de lo nuevo y de  los excesos que se han cometido con  concepciones que se asientan en determinismos lineales.

Creo, sin embargo que, en ese intento, corren el riesgo de perder el papel, a mí juicio esencial  del determinismo inconsciente y  de la repetición

-Formaciones de lo inconsciente y funcionamientos psicóticos.

La primera tópica freudiana organizaba una clínica que tenía como referencia el inconsciente reprimido y concebía el síntoma y las demás formaciones de lo inconsciente como fenómenos transaccionales entre deseo y defensa.

Más allá del Principio del Placer abrió las puertas a una clínica que excedía ese presupuesto.

Se comenzaron a teorizar lo que genéricamente llamamos funcionamientos psicóticos. Un lugar central en esto lo tiene lo propuesto por Melanie Klein y los autores poskleinianos.

Es indiscutible cómo desde esas perspectivas se ha enriquecido la teoría y la clínica pero también se ha corrido el riesgo de lo que Daniel Rodríguez con humor escribió acerca de la “Misteriosa desaparición de la neurosis”[97] y así se presupone que la clínica de la neurosis es una clínica del pasado apta para los pacientes de finales del siglo XIX y comienzos del XX pero que no da cuenta de la clínica actual.

-Especificidad del psicoanálisis

En este punto hay una extensa polémica entre el análisis puro, y el análisis terapéutico.

En este punto me parece muy interesante los postulado por Laplanche en La Cubeta cuando afirma que la situación analítica está caracterizada por prescribir, excluir,  organizar un setting y entonces plantea ¿Qué pertenece al análisis?, ¿Qué cae fuera del análisis?,¿Hay algo fuera del análisis?

Propone entonces para figurar ese límite entre el adentro y el afuera la imagen de la cubeta del capítulo 7 de la interpretación de los sueños como lo que especifica lo que pertenece al psicoanálisis.

-La cuestión de lo no significado.

En consonancia con lo discutido en el apartado anterior se insiste en dar lugar a lo no significado.

Dentro de este clínica ocupa un lugar destacado Piera Aulagnier –  que desarrolló modelos teóricos, que,  en mi criterio, pueden ser considerados como prolongaciones paradigmáticas de esta nueva clínica – basada en las intuiciones que Freud hizo en Más allá del Principio del Placer – una clínica que no puede ser explicada por la mera repetición de deseos infantiles reprimidos.

Dos palabras de dos autores esenciales en este cuestión: Lacan y Bion. No voy a hacer una reseña e ellos, tanto porque escapa hacerlo a los propósitos de este texto, como por la extremada complejidad y extensión de su aporte y por otro lado por lo ampliamente difundidos que son en nuestro medio. Si quisiera enfatizar que  el triple registro propuesto por Lacan, en especial su conceptualización de lo real, que toma todo su espesor en el   Seminario de la angustia y la Teoría del pensamiento de Bion (1960; 1962; 1965), en particular las consideraciones en torno a la nueva experiencia emocional que nuestro pensar tiene que procesar una y otra vez, tiene por fin incorporar, esa clínica que se asoma luego de Más allá…

Sólo señalaré que Lacan con los conceptos de lo real, y el objeto a, y Bion con el noción  que denomina “O”, recortan un espacio, un territorio, un modo de ser, una experiencia, con la que si bien entramos en relación, no nos es posible representar en la versión de Lacan, o siempre tenemos representaciones que no la reflejan en toda su extensión, en la versión de Bion; y que pese a la imposibilidad de darle representación o no tener representación plena, y quizás por eso mismo, tiene efectos.

Para abundar un poco más sobre el tema, voy a citar a  W. Bion[98], para mostrar como este autor piensa como pensamos o más bien, lo que se produce por la insuficiencia que tiene nuestro aparato para pensar. Voy a la cita: Bion luego de evocar al Heisenberg que afirma que el investigador no tiene acceso a los hechos, debido a que los hechos que se observan están distorsionados por el acto mismo de observar, indica que “el campo en el cual tiene que observar la relación de un fenómeno con otro es ilimitado en extensión, porque no se puede ignorar ninguno de los fenómenos “dentro” del campo, porque todos interactúan. Se desprende entonces que el hecho de que el universo del discurso sea finito, no está apareado con un hecho correspondiente en la relación recíproca entre las realizaciones que supuestamente se aproximan al universo del discurso. … Más por virtud de este mismo hecho, su validez se vuelve dudosa a menos que se tenga en cuenta que no existe realización que corresponda al universo finito (la cursiva es mía) (página 62).

Es claro en su formulación, que ese universo finito del discurso, al que acudimos para poder pensar, no recubre el universo infinito con el que nos relacionamos.

Green y los Botellla han jugado un papel central en la clínica de lo no significado.

Green  en De locuras privadas[99] promueve la ampliación del  concepto de contratransferencia, entendiéndose por aquella no sólo  los efectos afectivos negativos o positivos producidos por el paciente, sino que incluye todo el funcionamiento mental del analista, tal como es influido por el material del paciente, pero también por toda su formación teórica y vivencial.

Los analistas a juicio de Green debieran interrogar su propias reacciones ante lo que el paciente le comunica y se valen de ellas en sus interpretaciones junto al análisis del contenido de lo comunicado o prefieren sus reacciones porque la meta del paciente es el efecto de su comunicación más que la transmisión del contenido. En su concepción de la contratransferencia va más allá que Heimann y Racker, plantea la precesión de la contratransferencia sobre la transferencia.

Un autor imprescindible en este tema es Cesar Botella, con mucho escrito, en dónde se destaca “Mas allá de la representación”[100]

Recientemente hubo un intenso debate en Internet promovido por los editores del Libro Anual de Psicoanálisis (LAP) sobre el texto de Botella: “Sobre el recordar: la noción de memoria sin recuerdo”[101]

César Botella en ese texto pregunta: ¿Todavía pensamos hoy que el psicoanálisis cura en virtud de un retorno del pasado, o pensamos que la importancia de recordar en el psicoanálisis está en decadencia?

El autor comienza por intentar evaluar las nociones de memoria y recordar, teniendo en cuenta su evolución en la obra de Freud y los debates actuales sobre su importancia relativa en la realización de un tratamiento analítico. Esto lleva al autor a desarrollar una extensión de la teoría que, a juicio de él, no obstante sigue siendo freudiana, mediante la introducción de una serie de nociones (las principales son el trabajo de figurabilidad, regrediencia, estado de sesión, negativo del trauma, y ​​la memoria sin recuerdo), y argumentando a favor de un principio de convergencia-coherencia que gobierna la vida mental. Su tesis es la siguiente: la práctica analítica contiene una dimensión de un orden arqueológico, como lo describió Freud, así como -gracias a la contribución de la práctica contemporánea denunciando su insuficiencia- la necesidad complementaria para el analista de trabajar de una manera particular en el sesión que implica lo que  llama un regrediencia de sus procesos de pensamiento, permitiéndole al analista obtener acceso a las zonas psíquicas tempranas, más allá de la zona de los recuerdos representados. Esto es lo que él llama el psicoanálisis transformacional, complementario al psicoanálisis arqueológico. Desarrollos teóricos y prácticos del autor están respaldados por un esquema personal del funcionamiento mental, una extensión del esquema de Freud en 1900, y la descripción detallada de un tratamiento analítico, en particular, la sesión central que desempeñó un papel crucial en el éxito de este análisis.

Ante una memoria sin recuerdos Botella propone acceder a un estado psíquico que denomina “regrediente” para sugerir la posibilidad que el analista sea capaz de captar esa memoria sin recuerdo en los pacientes, apelando luego a la figurabilidad para devolverlo al paciente en sesión al estilo de una construcción.

En el curso del debate hubo desde calurosos aprecios a esta innovación como intensas críticas. Destaco entre ellas la de Cecilio Paniagua, que criticando el uso que Botella hace de la contratransferencia plantea que un análisis sistemático de las resistencias a la libre asociación ha de llevar a una investigación más fiable de las realidades psíquicas del analizado (se hallen ésta próximas o no a la realidad histórica). En su intervención pregunta si las asociaciones acerca de los traumas no representados verbalmente, que son a los que se refiere Botella en su artículo, ¿han de ser producidas por el paciente o las tiene que facilitar el analista? ¿Quién ha de hacerse cargo de la figurabilidad o posible reconstrucción de estas impresiones mnémicas sin contenido ideativo? Pienso que el analista que comunica sus propias asociaciones al analizado a guisa de interpretaciones, está proporcionando información  sobre sus fantasías contratransferenciales, interfiriendo con el análisis de la transferencia y menoscabando el potencial del yo del paciente, cuyos límites pueden acabar parcialmente fusionados con los del mismo analista. El principio de la abstinencia del analista está ideado precisamente para minimizar este problema.

Para finalizar.

Para finalizar voy a parafrasear el modo en que comienza el texto de Silvia Nussbaum “El psicoanálisis y sus diferentes teorías: apertura epistémica o babel resistencial” presentado en el Congreso Argentino de Psicoanálisis en Rosario, en  Mayo 2010 porqué cuando discutimos sobre el inconsciente y la pulsión tocamos el problema  del psicoanálisis y sus diferentes teorías.  

En ese texto Silvia Nussbaum  proponía una reflexión sobre el psicoanálisis contemporáneo y los inconvenientes que tenemos en nuestros intercambios al conversar haciendo uso de diferentes teorías… al intentarlo se nos abren  problemas que  aunque conectados, son diversos. Problemas sobre lo que nos une y  especialmente sobre lo que nos separa como también sobre lo que podemos o no podemos intercambiar y pone una vez más sobre la mesa si tenemos o no un idioma en común. Al intentar conversar nos vemos confrontados no sólo con el modo en que pensamos los fundamentos teóricos del psicoanálisis sino también con cómo nos formamos o cómo lo practicamos. Esta discusión pone en cuestión además si hay “una práctica” o “diversas prácticas” del psicoanálisis.

Entonces esta reflexión abarca, entre otras discusiones, polémicas sobre qué pensamos:

  • respecto de la unidad de la teoría
  • acerca de los estándares en la formación de analistas,
  • sobre las diversas prácticas del psicoanálisis
  • sobre el status epistemológico de nuestra disciplina, y

last but not least, como cada uno de los analistas se  posiciona respecto de la diversidad  que existe en la(s) práctica(s) del psicoanálisis.


[1] De George Steiner, 1975, Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción. Fondo de cultura económica, México, 1995

[2] Postulo que las teorías son, como afirma Bertrand Russell, sólo “ficciones simbólicamente construidas”. La máxima de Russell  en este punto –con la que acuerdo- es “dondequiera que sea posible hay que remplazar las entidades inferidas por construcciones”.  Para Russell inferir entidades es tender a poblar ontológicamente el mundo. De Ferrater Mora, 1979, Diccionario de Filosofía, apartado sobre “construcción”, Alianza, Madrid, 1984.

[3] Bleger, J. ,1970, “El grupo  como institución y el grupo en las instituciones”, conferencia dictada en las V jornadas Sul-Riograndenses de Psiquiatría dinámica de Porto Alegre, del 1 y 2 de mayo de 1970. También Temas de psicología. Entrevistas y grupos, Nueva Visión, Bs. As, 1971 y en La institución y las instituciones compilado por R. Kaës (1998), Paidos, Bs. As.

[4] Theodor Adorno , 1950, La personalidad autoritaria, Editorial Proyección, Bs. As., 1965 ) dice que las palabras se convierten en jerga por la constelación que niegan, por el porte de unicidad. El trato empírico con las palabras para el locutor y el oyente de una jerga crea el espejismo de inmediatez física, como sí fueran parte de una lengua verdadera y revelada.

[5] Jacques Derrida, 1994, Márgenes de la Filosofía, Cátedra, Madrid,

[6] Foucault Michel, 1966, Las palabras y las cosas, Siglo veintiuno, Buenos Aires, 1991.

[7] José Luis Romero (1987), Estudio de la mentalidad burguesa, Alianza, Buenos Aires-Madrid, 2006

[8] José Luis Romero (ibid, pag. 61), para comprender este punto de vista cuenta el siguiente ejemplo: las nubes forman parte de la realidad sensible, puede vérselas y eventualmente tocarlas; los ángeles que están en ella no son parte de la realidad sensible, no se los ve ni se los siente pero se afirma que están allí. En el contexto de la mentalidad cristiano-feudal lo mismo es la nube que el ángel, están tan compenetradas que no hay nube sin ángel: llueve cuando se ruega y una falta o un exceso de lluvia es señal – en el seno de esta mentalidad – de castigo divino.

[9] E. H. Gombrich,  1950, La historia del arte, Sudamericana, Bs. As., 1995.

[10] René Descartes, 1637, Discurso del método. Segunda parte. Trad. G. Quintás. Ed. Alfaguara, Madrid, 1981.

[11] El positivismo surge en Francia a inicios del siglo XIX de la mano de Saint-Simon y  Auguste Comte, y del británico John Stuart Mill y se extiende y desarrolla por el resto de Europa en la segunda mitad del siglo XIX.

[12] Shorske, Carl E.,1961,  Viena fin de siecle, Editorial Gustavo Gilli, Barcelona, 1981.

 

[13] William Johnston, 1972, The Austrian Mind, an intellectual and social history 1848-

1938, University of California Press, 1984

[14] Anzieu, Didier, 1959, El autoanálisis de Freud y el descubrimiento del psicoanálisis, Siglo XXI, México, 1980

[15] Freud, S., 1900, La interpretación de los sueños, Tomo 4, Obras Completas, Aomorrortu, Buenos Aires, 1979.

[16] Kaes, R. (1991). El pacto denegativo en los conjuntos trans-subjetivos. En: Lo Negativo, Amorrortu, Bs. As, 1996.

[17] El 23 de octubre de 1896 muere el padre de Freud. En enero de 1897 tiene “los sueños de Roma”, en ellos se hace evidente la inhibición que él sentía para visitar esa ciudad. También éstos lo ponen en conocimiento de su identificación con una serie de héroes trágicos: Winckelman, un arqueólogo del siglo XVIII, judío converso al catolicismo que no pudo concretar su estudio de Roma; Aníbal, el general cartaginés que no la pudo tomar y Massena, el general napoleónico, a quien Freud creía judío y que fracasó en el sitio de Lisboa. A raíz de estos sueños recuerda cómo su padre se había dejado humillar por un cristiano, bajándose de la vereda luego de que éste le había sacado el gorro.

La identificación con estos héroes trágicos, supone una identificación con el padre que hubiere querido tener. Desde ellos no puede tomar Roma que, a la luz de las asociaciones, es un sustituto simbólico de la madre o del cuerpo de la madre. Tomarla, como en el tercer sueño de Roma, representa una identificación con un padre judío pobre, melancolizante, desvalorizado. La conquista de Roma, como así también la del psicoanálisis, una sublimación de aquélla, se hace posible para Freud al superar las identificaciones con héroes que al triunfar, fracasan. Esto a la vez implica modificar las encrucijadas que estas identificaciones le plantean.

[18] En la carta 71 a Fliess le escribe: “Un sólo pensamiento de validez universal me ha sido dado. También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos al padre”. Plantea en esa misma carta que la tortura de Hamlet se debe “al oscuro recuerdo de haber meditado la misma fechoría contra el padre por pasión  hacia la madre”.

[19]Freud, S., 1897, Fragmentos de la correspondencia con Fliess, carta 69, Obras Completas, vol  1, Amorrortu, Buenos Aires 1997

[20] Sigmund Freud, 1905, Tres Ensayos sobre una teoría sexual. Obras completas, Tomo V, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[21]Sigmund Freud, 1915, Pulsiones y destinos de la pulsión, Obras completas, Tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[22] Sigmund Freud, 1901, Psicopatología de la vida cotidiana, Obras completas, Tomo VI, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[23] Sigmund Freud, 1901, El Chiste y su relación con el inconsciente, Obras completas, Tomo VI, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[24]Sigmund Freud, 1915, Lo inconsciente, Obras completas, Tomo XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[25] Freud descubrió que en el pensar inconsciente no imperan los principios de la lógica formal, por ejemplo pueden convivir dentro de este lugar psíquico representaciones contradictorias, lo que indica que no rige el principio de tercero excluido y el de no-contradicción; en la misma línea  no reina la ordenación temporal con la que pensamos conscientemente.

[26] La manifestación verbal de las representaciones inconscientes.

[27] Freud nos apunta, desde escritos tan tempranos como la carta que le envía  a Fliess el 6 de diciembre de 1896, la carta “52”, que la representación verbal (la representación preconsciente) sólo recubre parcialmente la representación de cosa  (la representación inconsciente).

Para Freud lo psíquico es el resultado de una estratificación sucesiva, en donde se producen nuevos nexos en virtud de un retranscripción (Umschrift). La preconciencia es, a su juicio, la tercera retranscripción, ligada a las representaciones palabra, correspondiente a nuestro yo oficial. Esta idea se profundiza en el apéndice C. “Palabra y cosa” de Lo inconsciente, postulando que la enunciación consciente, la manifestación verbal de las representaciones inconscientes,  lo verbal, una retranscripción de ellos, es un modo incompleto de expresión de lo  inconsciente; la representación verbal sólo recubre parcialmente la representación de cosa. La representación palabra no se enlaza con la representación objeto desde todos sus componentes, sino sólo desde la imagen sonora

[28] Sigmund Freud, 1919, lo ominoso; 1920, Más alla del principio del placer, 1924, El problema económico del masoquismo,  Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[29]Esto  lo que lleva a recapacitar sobre la esencia misma de la transferencia. Esta reconsideración, tomo la forma de aforismo en el ensayo de Lagache (1951) de que la transferencia que se presentifica en la situación analítica no  trata sólo de la repetición de una necesidad, sino también de la necesidad de repetir; de repetir para intentar que algo que no tiene representación intente adquirirla.

[30]Sigmund Freud, 1932, El malestar en la cultura, Obras completas, Tomo XXII, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

[31]Ricardo Avenburg, 1998, Psicoanálisis, perspectivas teóricas y clínicas. Ediciones Publikar, Buenos Aires

[32] Donald Meltzer, 1978, Desarrollo Kleiniano, Parte I, El desarrollo clínico de Freud. Editorial Spatia, Buenos Aires, 1990

[33] Klein, M. (1952). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En Desarrollos en Psicoanálisis. Buenos Aires: Hormé, 1962. (1955). Sobre la identificación. En Nuevas Direcciones en Psicoanálisis. Buenos Aires:  Hormé, 1965.

[34] La teorización de Bion en torno a vínculo –K, -H  y –L conceptualiza un vínculo mentiroso que lo vacía de emocionalidad. En la misma línea recordemos que este autor piensa que en el splitting estático (1965) hay mantenimiento de la autoconservación y expulsión de todo intercambio emocional, como modo de protegerse de las consecuencias de un intercambio humano. Pienso que si bien estas nociones de Bion aluden a fenómenos clínicos diferenciables del nirvana freudiano, expresan una clínica en la que se vacía de pasión el vínculo.

[35] La violence de l’interprétation du pictogramme a l’énoncé, París, P.U.F., 1975. [Trad. Esp.: La violencia de la interpretación del pictograma al enunciado, Amorrortu, Buenos Aires, 1977.]

[36] Este Simposio se realizó en Marsella el 30 y 31 de marzo de 1984, organizado por la Federación Europea de Psicoanálisis, en donde participaron como relatores A. Green, J. Laplanche, Eero Rechardt, Hanna Segal y Clifford Yorke. Fue presidido por Daniel Widlocher. Los trabajos de este Simposio fueron publicados en francés en 1984 y traducidos al español en un libro bajo el título “La pulsión de muerte”, 1989, Amorrortu, Buenos Aires.

[37] Clifford Yorke, (1984), La pulsión de muerte. Posición personal. en La pulsión de muerte, Amorrortu, Buenos Aires, 1989

[38] Hanna Segal (1984), De la utilidad clínica del concepto de instinto de muerte, en La pulsión de muerte, Amorrortu, Buenos Aires, 1989

[39] Jean Laplanche, (1984). La pulsión de muerte en la teoría de la pulsión sexual en La pulsión de muerte, Amorrortu, Buenos Aires, 1989

[40] Freud (1923), El Yo y el Ello, Obras completas, Tomo XVIII, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

cuando dice que el amor y el odio no son fines pulsionales, quien ama u odia es el yo.

[41] Andre Green, (1984). Pulsión de muerte, narcicismo negativo, función desobjetalizante en La pulsión de muerte, Amorrortu, Buenos Aires, 1989

[42] Éste es el modo en que pone Green (1984) en sus propias palabras la “vivencia de fin de mundo” descripta por Freud en Schreber.

[43] Andre Green, 1993, Narcisismo de vida y narsicismo de muerte. Amorrotu. Buenos Aires

[44] Green, A.  (1988), La pulsión y el objeto en Green A. (1996)  La metapsicología revisitada. Eudeba. Buenos Aires, 23.

[45] Ronald Britton, “Endogenous Trauma and Psycho-phobia” IPACongress de Rio de Janeiro, 2005

[46] Jorge Luis Maldonado, 2005. Comentarios al trabajo de Ronald Britton: Trauma endógeno y psicofobia. IPACongress de Rio de Janeiro, 2005

[47] Jaques, Elliott, 1951, The Changing Culture of a Factory: A Study of Authority and Participation in an Industrial Setting London: Tavistock, 1951

[48] Jaques, Elliott, 1965, “Death and the Midlife Crisis”, International Journal of Psychoanalysis, 1965.

[49] Bleger, José,  1967, Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico, Revista de Psicoanálisis, vol. 24, también en 1967, Simbiosis y ambigüedad, cap. 6, Paidos, Buenos Aires.

[50] Baranger W & Baranger M (1969) Problemas del campo psicoanalítico. Kargieman. Buenos Aires.

[51] Aulagnier,Piera,1975. Violencia de la interpretación, Amorrortu, Buenos Aires.

[52] Abraham y M. Torok 1978 L´écorce et le noyau, Aubier-Flamarion, Paris

[53] Puget J. y Wender L, 1982, Analistas y pacientes en mundos superpuestos, Psicoanálisis, vol IV, N°3, 1982.

[54] Faimberg Haydee,1985, El telescopage de generaciones: la genealogía de ciertas identificaciones, Rev. de Psicoanálisis, 42, 5.

[55] Faimberg, Haydee, 1988, A l´eccoute du télescopage des génerations: pertinence psychanalytique du concept, Topique, 42

[56] Hernandez, Max, 1988, formación de masas e ideología: texto y contexto, Int. Rev. Psycho-Anal, 1988, 69, 163:170.  En español en Libro Anual de Psicoanálisis, 1988, publicado por The Brtish Psycho-Analyical Society por Ediciones Psicoanalíticas Imago SRL, Londres-Lima.

[57] René Kaës, 1989, El pacto denegativo, en Lo negativo, Amorrortu, Buenos Aires, 1991.

[58] Renè Kaës, 1993, El sujeto de herencia, en Transmisión de la vida psíquica entre generaciones, Amorrortu, Buenos Aires,1996

[59] Eizirik, Cláudio Laks, 2002. Entre la objetividad, la subjetividad y la intersubjetividad. ¿Aún hay lugar para la neutralidad analítica?, Aperturas psicoanalíticas, Revista de Psicoanálisis, Noviembre 2002 – No.12. www.aperturas.org

[60] Rodolfo Moguillansky y Silvia Nssabaum, 2013/2014. Teoría y Clínica vincular. Editorial Lugar. Buenos Aires

[61] Bleichmar, Silvia, 2005. La subjetividad en riesgo. Bs. As., Editorial Topía, 2005.

[62] Owen Renik, (1993). Technique in Light of the Analyst’s Irreducible Subjectivity. Psychoanal. Q., 62: 553-571.; (1995). Ideal of Anonymous Analyst and the Problem of Self-disclosure. Psychoanal. Q., 64: 466-495;  1996, “The perils of neutrality”, The Psychoanalytic Quarterly, vol. LXV, No. 3, págs. 495-517 (1996).

[63] Estos autores utilizan como sinónimos neutralidad y regla de abstinencia. Cuando hablan de neutralidad, se están refiriendo a la regla de abstinencia.

En tren de aportar alguna distinción, digamos que Neutralidad es un concepto que fue ensalzado en los años 50 por Ana Freud (1956 The Ego and the Mechanisms of Defense. Writing 2. New York: International Universities Press, 1966.). Ana Freud afirmaba que el analista se debía mantener equidistante, neutral  entre el yo, el ello y el superyo, esto es que no debía tomar partido por ninguna de las instancias psíquicas. En un estudio más riguroso, neutralidad y regla de abstinencia debieran diferenciarse, pero a los efectos de este texto no voy a tomar esta cuestión.

[64] Daniel Stern et al.(1998), Non-Interpretative mechanisms in psychoanalytic therapy. The “something-more” than interpretation.  Int. J. Psycho-Anal., 79, 903

[65] Fromm-Reichmann Frieda, 1939, Transference problems in schizofrenics, Psychoanalytic Quaterly, vol 8, N° 4; Fromm- Reichmann, Frieda, 1950, Principles of Intensive Psychterapy, University of Chicago Press, Chicago; está traducido como Principios de psicoterapia intensiva.

[66] Bateson and col. 1956,  Towards a Theory of Schizophrenia (Hacia una teoría de la Esquizofrenia) en Steps to an Ecology of Mind, Ballantine Books, Nueva York, 1972. En español Pasos hacia una ecología de la mente (ed.), Eds. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1972

[67] Wynne, L., Ryckoff, Day y Hirsch, Pseudomutuality in an the family relations of squizophrenia. Psychiatry, en I. Boszormenyi-Nagy y J.L. Framo, Intensive family therapy, Harper and Row, New York, 1965; también en castellano Pseudomutualidad en las relaciones familiares de los esquizofrénicos, en Sluzki, Interacción Familiar, Tiempo Contemporáneo, Bs As.

[68] Theodore Lidz, Alice Cornelison, Stephen Fleck and Dorothy Terry: “The interfamilial environment of the schizophrenic patient I: The father”, Psychiatry, Vol. 20, 1957, pp. 329-342. Ver también: Theodore Lidz, Stephen Fleck & Alice Cornelison, 1965, Schizophrenia and the family ,International Universities Press,; Theodore Lidz, 1973, The Origin and Treatment of Schizophrenic Disorders, Basic Books, New York.

 

[69] Lacan, Jacques, 1938, La familia. Ed. Axis. Buenos Aires 1975.

[70] Klein, Melanie 1932, Psicoanálisis de niños.

[71] Money Kyrle, Roger, (1961), Man ́s picture of his world, Duckworth, London.1978; Money-Kyrle, R. (1967) Cognitive development. Int. J. of Psycho- Anal., vol. XLIX, 4, 1968.

[72] Lacan, Jacques, (1964), Seminario Los cuatro conceptos fundamentales, Paidos, Barcelona, 1986.

[73] Searles, H., 1971. El autismo y la fase de transición a la simbiosis terapéutica. Revista de Psicoanálisis, Psiquiatría y Psicología. No 17-18. Enero- Agosto 1971).

[74] Margaret Mahler, 1968, Simbiosis humana: las vicisitudes de la individuación, Editorial Joaquin Mortiz, Mexico, 1972; Mahler Margaret, Pine Fred, y Bergman Anni, 1975, El nacimiento psicológico del infante humano (Simbiosis e individuación), Buenos Aires, Marymar, 1977.

[75] José Bleger (1967), Simbiosis y ambigüedad. Paidos. Buenos Aires

[76] Winnicott (1953, Transitional objects and transitional phenomena: A study of first not me possession. Int J. of Psicho-Anal. 34, 89-97; 1971. Playing and Reality. Basic Books, New York)

[77] Bion, W., 1962, Aprendiendo de la experiencia, Paidos, Bs. As.,1966.

[78] Meltzer, Donald, 1973, Sexual states of mind, Clunie Press, Scotland, 1979, en castellano en Los estados sexuales de la mente, Kargieman, Bs As, 1974; Meltzer, Donald y Meg Harris Williams, 1990, La aprehension de la belleza, Spatia, Bs As; Meltzer Donald, 1992, Claustrum, Spatia, Bs As., 1994.

[79] Aulagnier, P 1975, La violencia de la interpretación, Amorrortu, Bs. As, 1977.

[80] Laplanche, Jean., 1979-1980, Problemáticas V, La cubeta. Trascendencia de la transferencia, Amorrortu, Bs. As., 1990.

[81] Esta teoría fue planteada por J.Laplanche a partir de 1986 en un artículo publicado por la revista de psicoanálisis Etudes Freudiennes (no27, marzo1986).

[82] Ferenczi, Sandor, Obras Completas, Espasacalpe, Madrid 1981

[83] Politzer, Georges (1927). Crítica de los fundamentos de la psicología. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1969.

[84] Henry Ey, 1966. El Inconsciente. Coloquio de Boneval, Siglo XXI. Buenos Aires. 1970

[85] Isaacs, S. (1943) Naturaleza y función de la fantasía. OC de Melanie Klein, vol 3, Paidós Hormé, 1974.

[86] Virginia Ungar (2001) Imaginación, fantasía y juego Psicoanálisis APdeBA – Vol. XXIII – Nº 3 – 2001

[87] Laplanche, J., 1985, Fantasía originaria, fantasía de los orígenes, orígenes de la fantasía, Gedisa,  Bs. As, 1986.

[88]Donald Meltzer,  Dream life, Clunie Press, for The Roland Harris Trust Library, Vida onírica, Tecnipublicaciones, Madrid, 1987.

[89] Meltzer, D., 1974, Represión, olvido e infidelidad, publicado en el Boletín Científico de la Asociación Psicoanalítica Británica, y luego recogido en la Compilación hecha por Alberto Hahn (1994) en Sincerety and other works,

[90] Jacques Lacan, 1953,  en “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanalisis. Informe del Congreso de Roma en el Instituto di Psiología della Università di Roma, el 26 y 27 de septiembre de 1953. En (1966) Lectura estructuralista de Freud, Siglo XXI, Mexico 1971

[91] Jakobson, R. (1956/1967). Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de trastornos afásicos. En Fundamentos del lenguaje, R.Jakobson y M. Halle, Madrid, Ciencia Nueva.

[92] Lacan, J. (1955-56/1984). El Seminario, libro 3, Las psicosis. Ediciones Paidós, Buenos Aires.

[93] De reportaje a Laplanche hecho por Oscar Sotolano en el seno de las jornadas “El inconsciente y la clínica psicoanalítica: trabajar sus fundamentos” en noviembre de 1990.

[94] Bouvet (1956) “Clínica psicoanalítica de la relación de Objeto”. M. Bouvet, 1959, “La clínica psicoanalítica. La relación de objeto”. En Nacht, S.: El Psicoanálisis Hoy,  Miracle, Barcelona.

 

[95] Puget Janine, 2005, “Trauma, los traumas y las temporalidades”. Psicoanálisis APdeBA., Vol. XXVII, Nº ½ – 2005.

[96] Moreno, Julio, 2002, Ser Humano, Libros del Zorzal, Bs. As 2002

 

[97]Rodriguez, La misteriosa desaparición de la neurosis en Barredo, Rodriguez, Paulucci y Dujovne, 1998, La misteriosa desaparición de la neurosis, Letra Viva. Buenos Aires

[98] W. Bion, 1965, Transformations, Change from learning to Growth, W. Heinemann Medical Books Limited, Londres; también en Castellano Transformaciones, Centro Editor de América latina S. A., Buenos Aires, 1968

[99] Andrè Green, Recopilación 1971/1988. De locuras privadas. Amorrortu Editores, 1990

[100]: César y Sara Botella, 1997, Más allá de la representación. Editorial Promolibro, Valencia.

[101]Este texto del IPJ es una versión modificada de la conferencia brindada en la Sociedad Psicoanalítica Británica el 28 de octubre de 2011